Plaza nueva

Luis Carlos Peris

Canción triste de Navidad

AMANECE ese día que claudica en una noche de gozo, la más gozosa de todas las del calendario cristiano, la que conmemora el nacimiento de Dios hecho hombre, pero una noche que va acumulando tristeza y amasando nostalgia así que pasan los años. Coincide la conmemoración del considerado nacimiento de los nacimientos con alguna ausencia nueva, que eso es lo que tiene, entre otras cosas desagradables, el discurrir de los años, que las ausencias son cada vez más numerosas y, por supuesto, más dolorosas. Tristeza y nostalgia que suelen ganarle la partida al gozo, a la alegría de la familia agrupada por una vez y sin que, al parecer, sirva de precedente. Tienen un peso especial las ausencias en esta noche en la que se desempolvan los recuerdos para que toda una galería de conmemoraciones semejantes pase por la cabeza como en una película a la que no le faltará un solo perejil.

Nochebuenas aquellas de la muy lejana infancia donde la solariega casa de los abuelos era el punto de encuentro para una caterva de nietos. Y de la larga nómina de aquellas noches añoradas faltan a lista una barbaridad de seres queridos, algo que hace que esta celebración contribuya de forma inevitable a un nudo en la garganta para el que no hay libación bastante como para deshacerlo. Hoy es el día de marras y hoy se agolparán otra vez los recuerdos, los buenos y también los malos, la película de una vida por la que, para bien o para mal, ya pasaron sus mejores días. Infancia, luego juventud y adolescencia con los primeros disfrutes de una libertad que no llegaba a ser suficiente con vistas a eludir una cita, la familiar, que entonces se aceptaba como cáliz irremediable que se interpone con lo que de verdad apetece, la reunión con amigos y amigas, sobre todo amigas.

Y van cayendo tacos de almanaque y con el vértigo de la propia vida no reparas en ellos hasta que un día aparece una Nochebuena en la que por vez primera se echa en falta a alguien muy querido. Y a partir de ahí, cada Nochebuena se convierte en agridulce acontecimiento en el que los que van llegando taponan, no del todo, la herida dolorosa por el ausente que jamás volverá a estar con nosotros. Amanece una más, otra vez el día que acaba con esa reunión familiar en la que todos van a su bola, todos están con todos aparentemente, pero cada uno escucha sin escuchar, absorto mientras por todos los pliegues del alma va pasando, Nochebuena a Nochebuena, la vida, toda una vida con sus puntos y con sus comas. Y piensa que te piensa, te acordarás del villancico que cantaba siempre, siempre, uno de esos ausentes y se te irá la vista al sillón principal, pero sólo de forma fugaz porque allí ya no está quien estaba. Esta noche es Nochebuena otra vez.

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