coge el dinero y corre

Fede / Durán

Canción triste de un resistente

MI abuelo abrió su primera tienda en Cádiz en la década de los años 40 tras pasar toda la Guerra Civil en la cárcel. Lo suyo era el textil, y recuerdo, ya en los primeros 80, que junto a él convivían en la ciudad competidores del mismo ramo. Supongo que habría rivalidades, pero yo sólo detectaba una fértil camaradería donde unos y otros se complementaban porque casi nadie tocaba exactamente el mismo negocio que los demás. Había pausas para el café, almuerzos a la vuelta de la esquina, paréntesis que generaban un goteo de anécdotas, bromas y reflexiones donde jamás escuché la palabra crisis. Probablemente se me colara. Un niño no capta los ángulos más negros del discurso de un adulto.

Aunque la tienda de mi abuelo no resistiese su muerte -ahora es un Coronel Tapioca al que nunca he sido capaz de entrar-, los hijos de algunos de sus rivales y amigos siguen ahí. Otros pequeños negocios, quizás la mayoría, fueron liquidados año a año por la cultura de la franquicia y el yugo de los grandes almacenes. Conozco a uno de esos miembros de la resistencia. Es un amigo de la familia, un amigo mío. Su marca existe desde 1945. La fundó su padre, y él la ha modernizado. Antes de la crisis, cuando el consumo no sufría ni espectros tan irreales y dañinos como los mercados absorbían la atención de cualquier emprendedor, este hombre, fielmente adscrito al club de los inquietos, era un innovador nato. Siempre explicaba los nuevos proyectos del comercio del centro de Cádiz, las promociones, la alianza con este aparcamiento o aquel cine, la manera de seguir vendiendo sin caer en la tentación del conformismo.

Hace unas semanas, estuve con mi padre en su local matriz. Nos hizo pasar a la trastienda y automáticamente viajé al pasado: las mismas escaleras oscuras que en la tienda de mi abuelo, la misma acumulación de cajas y telas y prendas, el mismo tono mate en cada poro de la pared. Nos sirvió un café y agachó la cabeza. "No resistiremos mucho más", confesó. Ha cerrado algunas tiendas satélite. Ha hecho malabares para mantener a su plantilla. Ha revisado sus cuentas para saber cuánto le queda. La solución no depende esta vez de su imaginación o de su audacia. Es una víctima paradigmática de ese gran embrollo que atenaza a Europa y sobre todo a su periferia, un nudo diabólico donde reina el miedo al paro, a la pobreza, a la dilución del Estado del bienestar, a la amenaza permanente de las agencias de rating, a la prima de riesgo, a tantos conceptos profundamente ignorados hasta hace poco y tan machaconamente presentes hoy.

Al salir a la calle, caminamos en silencio. Comprendí que esta vez no habrá distinciones entre buenos y malos. Casi todos caerán, y del polvo de los últimos resistentes surgirá el cemento de un paisaje urbano sin rostro ni historia.

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