Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Carlos

LA muerte compulsiva, la sangre de los demás convertida en coartada, entre la utopía y el egoísmo, el placer del terror y de hacer el amor con un revólver. Añadan unos diálogos cosmopolitas, donde el árabe se entrecruza con el francés o un español con suaves dejes caribeños. O una ambientación tan perfecta de los años 70 y 80, en los escenarios, en las ropas, en los peinados, que nos hace concebir la sensación de que estamos ante una recreación documental, donde se intercalan sin estridencias las imágenes históricas con las perfectas pinceladas de una ficción.

Carlos, la miniserie sobre el terrorista de igual apodo que en mayo estrenará Canal +, es de cinco estrellas. Es otro tipo de hacer televisión, porque es cine mayúsculo y por eso en la Mostra de Valencia se ha estrenado tanto en su formato de película como en su metraje íntegro en producción televisiva, dentro de la extensión del Festival de Series. Fuero cinco horas y media con Carlos. Una proeza para los críticos que hemos estado en tierras levantinas, pero que es una heroicidad asequible por la contundencia con que está narrada la biografía de este cínico con patillas, con tanta jeta como falta de escrúpulos, que escala a lo más alto en el asqueroso mundo del tiro en la nuca y de la bomba de mano tirada por la puerta hacia un local atestado. El cineasta francés Olivier Assayas, en esta serie que luce un Globo de Oro, crea un relato tan vertiginoso, a ratos gástricamente reiterativo, que aligera la carga de tantos acontecimientos acumulados. El mérito clave es el del actor principal, Edgar Ramírez, el jaquetón y osado individuo que con un espaldarazo recibido en las tripas de Beirut va granjeándose su mito a fuerza de no tener ni un resquicio en las entrañas. Carlos es sobrecogedora. Tanto como repulsa del terrorismo como para aquellos desalmados que fueran capaces de encontrar épica en ella.

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