El tránsito

Eduardo Jordá

En Carrapateira

UNO nunca sabe qué es la actualidad, ese misterio que nos ocupa y que nos preocupa, y que siempre determina las acciones de los políticos y algunas de las decisiones más importantes de nuestra vida. He estado unos días en el Algarve portugués, en la zona de Carrapateira, y me he olvidado por completo de las cosas que solemos considerar importantes. En los apartamentos de doña Manuela, en la Casa do Arcos, la televisión tenía un único color, el rojo, y la imagen apenas se distinguía de una bruma pegajosa. En aquella pantalla -que quizá era sabia- todo lo que aparecía quedaba reducido a una especie de silueta de espectro en una madrugada de niebla, así que era imposible distinguir a un político norteamericano de un hincha del Vitória de Setubal, o a James Bond de un líder palestino. Al cabo de unos minutos, uno dejaba de mirar la televisión y se dedicaba a otra cosa, mirar las nubes, por ejemplo. Por eso ni siquiera llegué a saber que ETA había puesto una bomba en Calahorra -otra más-, o que el Barça había sido eliminado de la Copa del Rey (y más que nos merecemos los culés, por tontos que fuimos al creernos al engañabobos de Ronaldinho).

La actualidad, en Carrapateira, eran los cielos cambiantes, los nubarrones del color de la pizarra, el viento rugiente del oeste, la luz atlántica, las huertas de habas, las jaras en flor que llenaban los acantilados. Los surfers combatían el frío dando saltos en la playa, los viejos merendaban caracoles en el bar del pueblo, y doña Manuela se quejaba de la diabetes que le impedía trabajar como cuando era joven, antes de despedirse de una visita con un sosegado adeuzinho. Por allí no se hablaba de política ni de famosos. Los perros ladraban, las furgonetas de los surfers iban despacio hacia las playas, una mujer hacía auto-stop con su hija pequeña, la escuela pública estaba cerrada -aquél sí que era un país para viejos-, y otra autoestopista caminaba descalza por la cuneta mientras su perro daba saltos a su lado. Eso era todo. Si había crisis, si había amenazas de despidos o de cierres de empresas, si los bancos carecían de liquidez o si subían o bajaban los tipos de interés, allí no habían llegado aquellas noticias. O si habían llegado, nadie se acordaba de ellas.

A veces, en los acantilados, surgía un perro que se ponía a correr detrás de una mariposa empujada por el viento. Y aunque empezaba a llover, y el viento era muy fuerte, el perro seguía corriendo detrás de la mariposa, sin alcanzarla nunca pero feliz de estar en aquel lugar que nunca sabría dónde estaba. Aquello, pensé, era la mejor imagen para definir qué es la actualidad: un perro que corría y corría, indiferente al viento y al frío, detrás de una mariposa que nunca iba a atrapar. Feliz él.

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