La ciudad y los días

Carlos Colón

Carta de un naranjo a Zoido

LEYENDO por encima del hombro de un humano el Diario de Sevilla de ayer, supe que usted se ha comprometido a plantar 5.000 naranjos y a crear espacios de sombra mediante plantaciones masivas para combatir el efecto isla de calor que sufre Sevilla. Todo ello, naturalmente, en el caso de que gane las próximas municipales. Como esto último sería el deseo de la mayor parte de los sevillanos vegetales, dada la obsesión de este Ayuntamiento por eliminar la arboleda y crear espacios duros, tantas veces denunciada por la Plataforma por la Defensa de los Parques y Jardines de Sevilla, y el mal trato que la actual corporación da a todo lo verde, salvo a los naranjos sociatas, enanos y cabezudos de la Avenida o a los arbustos con carnet de macetón, permítame que le de un par de consejos.

Como naranjo que soy se lo digo: nosotros servimos para lo que servimos, es decir, para plazas recoletas y calles más bien estrechas como tantas del centro, el Tiro de Línea, el Barrio León, Heliópolis o Nervión. Azahares y hermosos matices de verde -desde el oscuro de nuestras hojas ancianas al limón de las jóvenes- damos los que usted quiera, pero sombra, lo que se dice sombra de verdad, capaz de refrescar las vidas de los habitantes de esta ciudad abrazada y abrasada por el sol, no. Para qué vamos a engañarnos. La sombra densa que las calores de Sevilla exigen en las calles anchas o las grandes plazas requieren árboles de gran porte, nuestros hermanos mayores conocidos como plátanos, álamos blancos, fresnos, acacias, laureles, robles, magnolios y todos aquellos que se adecuen a los espacios urbanos dando sombra, embelleciendo calles y haciendo de pantalla verde que disimule las tropelías y torpezas arquitectónicas.

Así que prometa, y cúmplalo después, la plantación de árboles de gran porte y el cuidado de los ya existentes que se dejan enfermar para después talarlos. Y prometa hacerlo en toda la ciudad, empezando por los barrios más desatendidos y las avenidas más calcinadoras, porque si no el sans culotte sociata de guardia le acusará de adornar las calles ricas de los de siempre que se creen que la ciudad es suya. Tenga en cuenta que esta gente defiende verbalmente sus principios con la furia de quien en la práctica los vulnera, no teniendo más defensa que el ataque, más argumento que la mentira, ni más arma que la burda demagogia. Y vigile la suerte de los tesoros arbóreos históricos desatendidos, como el ficus centenario de San Jacinto que hace poco perdió una rama o el de la Encarnación, amenazado por el cubrimiento de las setas. Suyo afectísimo, un naranjo de Sevilla.

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