EL 92 por ciento de los consumidores desconoce algún elemento fundamental de su hipoteca, como el tipo de interés, las comisiones o los plazos, según un informe de Adicae difundido ayer en Madrid. En este mismo grado de desconocimiento se encuentran muchos de los 1.200 afectados por la suspensión de pagos de la intermediaria financiera Contsa, que aportaron entre 6.000 y 200.000 euros, según los casos, bajo la promesa de percibir intereses de entre un 10 por ciento y un 35 por ciento. Así lo comprobó ayer la Facua, adonde acudieron algunos de quienes ahora temen perder sus ahorros, que vio cómo la casuística era tan variada que en algunos casos los clientes no figuraban como inversores, sino como accionistas de Contsa, por lo que en este último extremo no podrán acogerse al procedimiento concursal porque forman parte de la empresa y no podrían alegar que se sienten víctimas de una supuesta estafa. En cualquier caso, la primera recomendación de las autoridades monetarias a los inversores es que desconfíen de las promesas de rentabilidades anormalmente altas, porque generalmente carecen de sólido sustento financiero y pueden degenerar en burbujas que acaban estallando con el tiempo. Éste habría sido presuntamente el caso de la intermediaria Contsa, que habría ido haciendo frente a sus promesas de elevada rentabilidad mientras lograba mantener vivo el caudal de aportaciones de otros inversores atraídos por esa ganancia aparentemente fácil en un escenario de boom inmobiliario y con activos sobrevalorados, en el clásico mecanismo de que el dinero nuevo habría servido sobre todo para afrontar los compromisos con los inversores más antiguos. En el momento en que el sistema deja de nutrirse de aportaciones por falta de inversores o/y de cierre del grifo de la financiación por parte de la Banca ante la nueva coyuntura creada por la crisis de las hipotecas subprime, todo el andamiaje artificialmente creado se derrumba y atrapa entre los escombros a quienes habían desembolsado sus ahorros. Se demuestra así que el negocio no estaba asentado sobre sólidos cimientos sino que era fundamentalmente especulativo, una lección que a su costa han aprendido centenares de inversores atraídos por el señuelo del dinero fácil.

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