La ventana

Luis Carlos Peris

La Catedral como martillo de rezagados

ESTABA la noche fría, muy fría. Los mercurios se habían desplomado a la caída del sol y por Matacanónigos corría un aire parecido a ese de Madrid cuando viene de Guadarrama. Dicen los iniciados que ese viento es incapaz de apagar un candil, pero sí de acabar con la vida de un hombre. Bueno, pues se parecía mucho a ese letal airecillo que envía la sierra madrileña el que corría por la Plaza de la Virgen de los Reyes. Mientras, el Cristo del Buen Fin cumplía su vía crucis y el público iba a agolpándose en la Puerta de los Palos y no por gusto, precisamente, sino porque los calonges habían instalado celosos cancerberos que impedían el acceso a la Catedral. Aunque sólo hubiese sido por un sentido caritativo de la vida, las puertas de la S.I.C. deberían haber estado francas al paso de cuantos rezagados querían asistir al vía crucis y, de paso, resguardarse del improvisado frío que se dejó caer. Vamos, matar dos pájaros de un tiro.

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