EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Cerebro de reptil

Apesar de que vivimos en una sociedad que se considera muy civilizada, no debemos hacernos excesivas ilusiones sobre la condición humana. Basta ver cómo nos colamos en las colas de los supermercados o nos saltamos los semáforos en rojo. Por mucho que intentemos evitarlo, el cerebro reptiliano -ese lóbulo cerebral que forma parte de la estructura más primitiva del cerebro y que controla nuestro instinto de supervivencia- asoma por donde menos lo esperamos. Todo depende de las circunstancias. Si vivimos en una situación de prosperidad y de seguridad que nos hace sentir protegidos, es muy fácil que todos tendamos a ser civilizados. Pero basta que sintamos en peligro cualquiera de nuestros privilegios, por pequeños que sean -una plaza de garaje, una conexión a internet, un sillón que consideramos nuestro en un piso compartido-, para que seamos capaces de hacer cualquier cosa. Cualquier cosa, insisto.

No me canso de repetir lo que decía Joseph Conrad: nuestra conducta viene determinada por el miedo al policía y el miedo al carnicero de la esquina. Y si este miedo desaparece por las razones que sean -una guerra, una larga sequía, la bancarrota económica de un país-, nadie sabe lo que sería capaz de hacer para salvaguardar las cuatro cosas que cree suyas.

Lo digo porque vivimos una situación social en la que es muy fácil que nos dejemos arrastrar por el cerebro reptiliano. Una sociedad que vive en la incertidumbre económica, con miles y miles de ciudadanos acosados por el miedo a perder su trabajo y las ventajas sociales que disfrutaban y que creían inamovibles (cuando resulta que no lo son), suele sacar a flote lo peor de cada uno. A lo largo de este siglo hemos vividos otros dos momentos así, de incertidumbre y zozobra: el primero fue en los dos últimos años de la II República, entre 1934 y 1936, y como todos sabemos, terminó muy mal. El segundo fue en los años de la Transición, entre 1975 y 1980, y por fortuna terminó bien.

En el primer caso, los peores elementos de una sociedad -los más intransigentes, lo más egoístas, los más gritones-, se impusieron a los partidarios del entendimiento y del acuerdo. En el segundo caso ocurrió justo lo contrario, a pesar de que las circunstancias económicas y sociales también eran complicadas. En un caso, por una terrible conjunción de fuerzas, se impuso el cerebro reptiliano y toda la sociedad se despeñó en el abismo. En el segundo caso, la mayoría de esa sociedad prefirió actuar de forma civilizada y logró sobrevivir en las mejores condiciones. Sería bueno que todos -empezando por políticos, banqueros, empresarios y sindicalistas- fuésemos conscientes de estas cosas, a ver si conseguimos sacar lo mejor de nosotros mismos. Y no al revés.

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