Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Charanga beoda

EN otro tiempo no muy remoto, las despedidas de soltero solían interpretarse en dos actos: una borrachera en manada, visible al mundo exterior, y una posterior incursión -ya íntima, por así decirlo- en territorios de sordidez variable; allí los mozos bravos oficiaban un ritual en el que el novio y sus pretorianos más ardientes sacaban los pies y algo más del plato, supuestamente por última vez. Por mi parte, juro no haber asistido ni a mi propia despedida de soltero, llámenme esaborío. Hasta no hace mucho, como decimos, era cosa de hombres, al menos en el modelo pack cogorza-puticlú. Hoy, estos ritos de paso se han convertido en una nueva payasada de las ciudades convertidas en parques temáticos con figurantes y artistas invitados que actúan gratis. Piaras de, mayormente, hombres hechos y derechos -nadie se casa hoy tan jovencito- van disfrazados alrededor del prometido, en formación más o menos bien agrupada (nadie debe molestarse de que a otros nos pueda disgustar una práctica que se oficia tan ostentosamente de cara al público: en el numerito llevas el riesgo de provocar fatiga). Cencerros, trompetillas, vuvuzelas, picardías y otras equipaciones para la ocasión, cánticos, alaridos; cualquier actitud intrusiva para los ajenos, que deben percibir sin excepción que los chicos están muy loquitos y se lo pasan como usted no sabe... Muchos afectados por el ruido y otros efectos colaterales -a cualquier hora, sin miramientos- son fijos, vecinos que viven en un sitio que ha sido promocionado en la redes sociales como un punto idóneo para las despedidas de soltero: una plaza o un barrio en Logroño, en Fuengirola, en Roquetas, la Plaza del Salvador de Sevilla, en Las Ramblas o en una playa en Valencia. Y fotos sin cesar. Una ojeada a la hemeroteca -Google, la verdad- muestra cómo no pocas ciudades se plantean prohibir sin complejos estos eventos. Más allá de los sufridos lugareños, son los negocios turísticos -salvo aquéllos orientados a esta moda- quienes reclaman más mano dura por parte de los municipios. Muchos bares y hoteles ya prohíben la entrada a la charanga beoda. Esta semana, la coroporación local granadina se plantea seguir los pasos de Conil, singularísma ciudad costera, en otro tiempo un paraíso a su manera, hoy azotada con crudeza por la borrachería de temporada. Como Conil ha hecho por fuerza y sin melifluas "ciudades abiertas", "libertad en el ocio", o "tolerancias" varias, Granada se propone erradicar esta práctica en la que unos trasiegan y hacen el ganso a costa de la tranquilidad de quienes pagan los ibis y no pueden escapar de ese horror menor sin llevarse la casa a cuestas.

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