Opinión

Jabo H. Pizarroso

Chikilicuatre y Bajtin

EN estos tiempos de crisis de la perra gorda, cuando los bolsillos de la cuenta bancaria se zurcen con mimo, llega este bufón para despertar la ilusión dormida de un sábado anónimo. No es extraño que ocurra, sobre todo en época de vacas flacas, cuando el ingenio socarrón ibérico se lanza a la bufonada para evitar caer de rodillas frente al reclinatorio de los euribores que bailan la jota con las manos muy altas. El chikichiki se baila así… Más allá de que este tipo no sea más que una estudiada operación de marketing, existen más interpretaciones.

Tras presenciar Eurovisión se me ocurrieron varias conclusiones al respecto. En primer lugar, ¿lo del Chikilicuatre es una gamberrada o una genialidad? Fue la única actuación, junto con la de Bosnia y la de Francia que se salía de la norma vieja, los únicos que intentaron andar otro camino, explorar otra vía para darle oxígeno a un festival que de otra forma corre el riesgo de hacerse oveja Dolly de la OTI, o lo que es lo mismo, reunión de intérpretes de una sola tonalidad que perpetúan hasta el infinito el mirando al mar soñé.

Sébastien Tellier, el francés, con una canción a medio camino entre un Eugenio de resaca y Los Toreros Muertos, los bosnios con una pachanga verbenera que se sitúa en tierra de nadie entre No me pises que llevo chanclas y los del tractor amarillo. Y el Chikilicuatre, que se ha ajustado a su antecesor directo, al La, La, La. Digo que es el único sucesor de la archiconocida canción porque tanto la una como el otro han escenificado una gamberrada especular. Me hago el tonto, porque no soy tonto. Mira el espejo de mi gamberrada, que más allá del espejo está lo que soy y lo que quiero transmitirte. Andando por la vida, aprendí esta canción, "La, la, la...". Canto como los tontos, pero lo hago por algo. Massiel, no sé si esgrimió la frescura de la gamberrada del no saber cantar, del lalaleo, para abrir una grieta en el bloque de cemento de la ceguera franquista, y el Chikilicuatre entona lo de: "Baila chiki-chiki" para despertar Eurovisión e introducir un toque de carnavalización pura y dura. Bajtin, el primero de los estructuralistas, desde su retiro de casi 50 años y su investigación sobre narratología, nos explica perfectamente los fenómenos de este calibre. En situaciones de extrema presión, las sociedades europeas se zambullían en carnavales que duraban meses, en los que los reyes o las reinas eran los pobres, los más feos, los que normalmente no destacan. Cuando algo está carnavalizado lo está porque lo bajo suplanta a lo alto y asume su soberanía por un tiempo. El mendigo es el rey, y el rey se hace mendigo. El actor que interpreta a Chikilicuatre hace esto mismo: Va a Eurovisión con una guitarra de plástico infantil y se desmelena al inicio de la canción con un punteo que desata una carcajada liberadora en quien lo escucha por lo hondo de la incorrección que supone y de la bufonada profunda que alienta. Interpreta una canción de ritmo de chicle, que se pega sin querer y que resulta ser una bobada. Pero es una payasada que carnavaliza. Ya que posibilita que el más inepto pueda bailar.

Casi siempre las carnavalizaciones de la tele se quedan en el circuito cerrado de la pantalla. Para que sea efectiva, como nos dijo Bajtin, debe permitir que todo el mundo sea actor del carnaval. Hacemos el crusaíto y ya somos payasos chikichikicheros. ¿Qué ocurre entonces? que un acto carnavalizado nos destruye y nos libera a la vez. Nos tira a la tierra tonta y nos eleva al cielo. Por eso pienso que de vez en cuando conviene bailar una tontería con esta fuerza vital tan desestructuradora para que el día a día se recomponga de nuevo como un puzzle fresco. Y cito a Bajtin: La risa carnavalesca es ante todo patrimonio del pueblo, todos ríen, la risa es general; en segundo lugar es universal. Ambivalente, alegre y llena de alborozo, pero al mismo tiempo burlona y sarcástica, niega y afirma, amortaja y resucita.

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