Visto y oído

Francisco / Andrés Gallardo

Cimas

EN la tarde del 23-F se sentó en la puerta del palacio de la Moncloa a ver si llegaba algún militar, o alguien sin más, y les decían qué tenían que hacer. No existían los móviles y la repera era el fax, un cacharro malcriado y torpón que se comportaba más caprichoso que un bebé. Sin noticias y con la radio muda, tragaba saliva y aguardaba unas horas eternas en las que aquella periodista procedente del País Vasco se le pasó toda su joven vida por la cabeza. Estaba acostumbrada a las espadas y a las paredes. Su padre, director de un periódico, había sido repetidamente amenazado por ETA. Al final no apareció nadie. España se levantó del tropiezo y María Eugenia Cimas sabía que después de las tormentas venían siempre nuevos tiempos para la esperanza.

Hace unos días aquella joven de las esperas en el peor día de la Moncloa cerraba su ciclo en el departamento de Prensa de Sogecable y les aseguro que todo-todo el gremio periodístico español que se dedica a esto, a hablar de la televisión y la radio desde un papel o un ordenador, ha sentido profundamente la marcha de María Eugenia. Es una de esas jefas de prensa que facilitan el trabajo, no filtran ni obstaculizan el trabajo de los compañeros y nunca tuvo una mala cara o una palabra agria sobre lo publicado. Ayudó para que, por ejemplo, estas páginas del periódico fueran más rigurosas, más divertidas y mejor informadas. Por encima de las simpatías o antipatías mediáticas que genere Sogecable, María Eugenía Cimas humanizaba, ponía rostro amable, a su empresa, y construyó un equipo a su semejanza. No sé si en su antigua casa habrán valorado en su justa medida sus desvelos, pero les confirmo que decenas de redactores de periódicos, revistas y webs seguro que sí. María Eugenia tendrá oportunidades futuras para demostrar su valía personal y profesional.

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