La ciudad y los días

Carlos Colón

Ciudad de broma

AYER, día de los Santos Inocentes, cerró definitivamente la Fábrica de Tabacos. Buena fecha para esta broma pesada que define el lugar que nuestra ciudad se ha ganado a pulso: ninguno. Para que la burla sea más hiriente el cierre se ha producido exactamente a los cuatro siglos del testimonio más antiguo conocido sobre la introducción del tabaco americano a través de Sevilla, ya que según una crónica anónima de 1607 ese año "empezó a verse el tabaco; tómanlo en humo algunos negros bozales". Entre 1607 y 1620 el tabaco se manufacturó en distintos talleres repartidos por la ciudad, pero las protestas de los vecinos obligaron a que desde 1620 -exactamente el mismo año en que Mesa esculpía el Gran Poder y Velázquez pintaba El aguador de Sevilla- las labores se concentraran en la Real Fábrica de Tabacos de la collación de San Pedro, ocupando unos edificios hasta entonces dedicados a viviendas de moriscos, corral de comedias y acogida de mujeres descarriadas. Allí estuvo -primera fábrica de tabacos del mundo y única, junto a la de Cádiz, de España- hasta que en 1757 se trasladó al gran edificio de Van der Borcht, la mayor edificación industrial de España y la segunda en superficie tras El Escorial (Escorial tabaquero, le llamó el viajero inglés Richard Ford).

Ser la puerta por la que el tabaco entró en Europa y la primera fábrica del mundo no le ha servido de nada a la Fábrica de Tabacos de Sevilla. Lo primero, hoy, debe ser un estigma cancerígeno y políticamente incorrecto. Y cuatro siglos de historia no son nada en esta ciudad amnésica u hortera (tal vez lo segundo: lo de aquí es cuestión de vulgaridad y mal gusto, no de enfermedad) que ha dilapidado y dilapida su patrimonio con la alegre liberalidad con que los señoritos antiguos se llevaban por delante, juerga a juerga, palacios, cortijos y fortunas. Sevilla ha despilfarrado y despilfarra su historia en la juerga de la falsa modernidad, a la que se han dedicado con idéntico entusiasmo los ayuntamientos franquistas y democráticos.

Si está claro que el futuro de Sevilla es convertirse en un parque temático turístico barato y baratero de visita de fin de semana, lo contrario de una ciudad bien conservada que atrae visitantes por su autenticidad y belleza, ¿qué demonios importan el patrimonio y la historia? Vean esta desolada entrada a la Eurodisney hispalense en que han convertido la Puerta de Jerez y la Avenida, con la Catedral como el castillo de la Bella Durmiente y el Metrocentro catenario como el Trenecito de los Personajes Disney, y comprenderán que, en Sevilla, cuatrocientos años no son nada.

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