La tribuna

javier Clavero Salvador

Por qué Ciudadanos en Andalucía

ME he afiliado a un partido político por primera vez desde que gozamos de democracia con la Constitución de 1978. Ha sido muy fácil: entrar en la página de internet, rellenar la ficha y autorizar al banco el cobro de la cuota.

Ya había militado antes, en la clandestinidad, en el grupo Bandera Roja, con Solé Tura, y en el PCE, con Manuel Benítez Rufo, que fueron quienes me afiliaron a uno y al otro. Y no lo digo como reivindicación personal, pues tal información está incluso en alguna tesis doctoral y libro de historia (Subversivos y malditos en la Universidad de Sevilla, de Alberto Carrillo). Y mucho menos lo digo por alarde, pues estos partidos no eran nada democráticos y no cabe enorgullecerse de haber participado en ellos. Pero para los estudiantes de entonces, descontentos con la dictadura, eran el agarradero al que nos aferramos. Después vinieron las elecciones democráticas para poner las cosas en su sitio: las asambleas, la vanguardia y las manifestaciones callejeras no coincidían necesariamente con la opinión pública mayoritaria. El partido que toda la vanguardia despreciaba por ser cuatro señoritos apadrinados por Willy Brandt se llevó de calle la parte de la tarta electoral a la que aspiraba la izquierda. A mí personalmente me hizo devolver el carné y no coger ningún otro hasta hoy.

En estos treinta y ocho años he votado a los dos grandes partidos, bajo el principio popperiano de que la elecciones en democracia sirven para cambiar un Gobierno malo y no tanto para poner uno bueno. La democracia es frustrante cuando se comprueba que no sirve para cambiar gobiernos y que éstos eternizan. Como ocurrió durante setenta años en México con el PRI y ocurre en Andalucía desde que existe como autonomía, con el PSOE. La situación es aún más frustrante cuando la alternancia en el poder de dos partidos no representa un cambio, sino la continuidad de los males del gobierno. Como ocurrió en España entre conservadores y liberales durante el casi medio siglo de la Restauración borbónica (1874-1923) y ocurre ahora entre el PSOE y el PP, cuando una oligarquía partidista y clientelar se ha instalado en el poder y se resiste a abandonarlo a pesar de los fracasos rotundos y los continuos y sonados escándalos.

En una de las elecciones andaluzas en las que se pronosticaba el cambio, un profesional andaluz de prestigio se mostró indignado conmigo cuando le dije que votaría a la oposición. Me espetaba que si ésta ganaba se quedaría en el paro porque el progresismo de su trabajo era incompatible con el PP. Yo sabía del voto cautivo en sanidad, enseñanza, empresas públicas, administraciones paralelas o en el Canal Sur, donde las oposiciones libres se han suplantado por el dedo de la confianza, pero cuando vi que un profesional liberal de altura no votaba por la igualdad de oportunidades, el cumplimiento de la ley, el progreso y el bien común, sino por el interés particular de "sus" contratos, me di cuenta hasta que punto estaba enraizado en la sociedad andaluza el clientelismo partidista. Y ya, no se diga que sólo me refiero a lo de aquí: en Valencia, Cataluña, Madrid o el País Vasco es lo mismo con otros partidos del sistema. Partidos todos mastodónticos, endogámicos, jerárquicos, propagandísticos, despilfarradores, sectarios y dogmáticos.

Un acierto que mayoritariamente se le reconoce al nuevo partido Podemos ha sido calificar a los partidos que detentan el poder en España como "casta", en lo que todos entienden es la clase dominante u oligarquía parasitaria. Otra cosa es lo que propone o lo que cabe suponer que subyace tras el utopismo asambleario y los "círculos" tan parecidos a los sóviets. Cierto que antes otros partidos abanderaron la lucha contra el bipartidismo (o el poder nacionalista) como IU y UPD, pero el primero tuvo siempre vocación minoritaria y al segundo lo ha lastrado un liderazgo que por venir de aquella casta ha resultado sospechoso.

¿Entonces por qué mi afiliación política ahora, tan tardía, después de casi cuarenta años, a un partido nuevo que acaba de saltar a la arena nacional desde Cataluña? La respuesta está en la creencia de que es el momento del cambio real, el que ha de afectar al bipartidismo imperante. Y en la normalidad de su lenguaje, la ausencia de complejos, el sentido común que irradia, su defensa de las instituciones, los derechos individuales y, en definitiva, la Constitución española. Y la admiración que tengo a Albert Boadella y a Félix de Azúa. Y la simpatía que me inspira Albert Rivera, en lo que a tenor de las encuestas no estoy solo, pues es el político mejor valorado por los españoles.

Pero lo que más confianza me inspira es que sea un partido ligero, sin apenas aparato ni parafernalia dogmática, en el que será más difícil que se incube y crezca el interés particular, el clientelismo y la corrupción. Al menos esa es mi confianza, matizada por el ya citado principio de Popper, de que las votaciones son más para quitar lo malo que para poner lo bueno.

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