La ciudad y los días

Carlos Colón

Cortesía y modestia, señor cardenal

LO primero es la cortesía. ¿Se imaginan -digámoslo bromeando- que el cardenal de Sevilla fuera invitado a Barcelona y se despachara contra las monas de Pascua, diciendo que los catalanes aprovechan la Resurrección para ponerse "púos" comiéndose muñecos de chocolate de futbolistas o de los Lunnis? ¿Y que añadiera que profanan los nacimientos poniendo a un tío en cuclillas cagando?

¿Se imaginan -digámoslo en serio- que les afeara las complicidades pasadas y presentes entre la Iglesia catalana y los nacionalistas? ¿Que les preguntara por qué las ovejas catalanas sólo admiten pastores catalanes, por lo que el propio Amigo Vallejo, siendo vallisoletano, puede ser obispo de Sevilla pero no podría serlo de Barcelona? ¿Y que les recordara los problemillas que los prelados catalanes tienen con esa especie de cofradías de la discordia que son las organizaciones (de curas y fieles) de base, que no se cortan al comparar, por ejemplo, a Xirinacs con Jesucristo (último número de Església plural, movimiento que congrega 9.000 cristianos de base: "Si en Xirinacs era un llunàtic o un sonat o un radical, què era Jesús? Jesús fou assassinat perquè era incòmode, no només al poder, també al poble benestant, als catòlics de missa de dotze d'aquell temps")? Por cierto, y ya que le preocupan los dineros e insistió en "la responsabilidad que tienen los miembros de las cofradías de colaborar con los gastos de la Iglesia, como cristianos que son", habría que recordarle que dichas comunidades de base defienden que la Iglesia no reciba ni un euro del Estado. Actitud todo lo evangélica que se quiera, pero no muy popular entre los obispos.

"Es necesario -dijo también- conservar el objetivo y el espíritu con el que las hermandades fueron creadas: para evangelizar; por ello hay que estar atentos a lo que se transmite, porque a veces da la impresión de que el mensaje no es muy sincero". Mire usted: aquí evangelizar, lo que se dice evangelizar, evangelizan las sagradas imágenes, las primeras; y después la hermandades que les dan culto, tienen abiertas iglesias en las que se dicen al día más misas que en la museificada Catedral o en el reluciente e infecundo Salvador histeroctomizado, forman a sus hermanos y ayudan a cuantos pueden con los pocos dineros que tienen. Mire usted cara a cara al Gran Poder y se le quitará todo temor de que el mensaje que transmiten las hermandades no sea muy sincero.

Cortesía, señor cardenal, cortesía para con sus anfitriones. Y modestia: usted no conoce mejor que nosotros las sombras de nuestras hermandades y, como ha demostrado, ignora sus luces.

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