La tribuna

Gumersindo Ruiz

Crisis y cambio climático

EN los últimos días dos acontecimientos han pasado quizás desapercibidos entre tantas noticias negativas. Uno es la decisión de los países de la Unión Europea comprometiéndose, junto con un impulso coordinado de la actividad económica, a reducir las emisiones de dióxido de carbono en un 20% para 2020. El otro es la intervención de lord Nicholas Stern, autor del influyente informe que lleva su nombre, clausurando en Madrid un ciclo sobre cambio climático organizado por la Fundación Del Pino.

Digamos, de entrada, que el interés del pensamiento del profesor Stern es mirar la crisis desde otro ángulo, ya que al proponer un cambio en la forma de producción y consumo actual, hacia otra más baja en la utilización de combustibles contaminantes, cambia la tecnología y proporciona el estímulo que puede sacar al mundo de la situación actual. Se consigue un crecimiento más estable, al tiempo que se frena el calentamiento global.

El profesor Stern trata de buscar un lenguaje común sobre un debate en el que se mezcla ciencia y economía en torno al cambio climático. Desde 2006, en que se publicó su famoso Informe, pondera el coste de actuar sobre el problema con el riesgo de no hacerlo. Si se cumplen algunas de sus predicciones, la acumulación de dióxido de carbono en la atmósfera puede tener consecuencias apocalípticas; la magnitud del cambio en el clima no es previsible, pero podría originar transformaciones que dificulten o impidan la vida humana sobre la tierra.

Como ocurre con cualquier riesgo sobre el que no tenemos certeza, el coste de asegurarse contra el mismo es muy visible, mientras que las consecuencias no lo son. Los costes de actuar de inmediato para producir con tecnologías y energías limpias son superiores al 1% del producto mundial. Sin embargo, la idea que se nos presenta destaca los beneficios de disponer de una industria más eficiente y menos dependiente en cuanto a consumo energético, explotar nuevas fuentes de energía, detener la deforestación, o aislar los edificios para hacerlos energéticamente mejores. Estas son las oportunidades de la crisis: desarrollar nuevas formas de producción que lleven, por ejemplo, a mejorar las viviendas, a producir vehículos de características distintas a las actuales, a utilizar energías limpias, a cambiar hábitos de movilidad y consumo de productos y servicios. Y todo ello transformando la ocupación y generando empleo en producciones diferentes.

Es una cuestión de decisión política, de ahí la importancia del acuerdo adoptado por los 27 países de la Unión Europea y la que tendrá en 2009 el Foro para el Cambio Climático a celebrar en Copenhague. El papel de la Unión Europea es fundamental, y el gesto de seguir apostando por la reducción de emisiones, en plena crisis económica, resulta formidable.

Se ha comentado que los países más ricos, responsables del 80% de las emisiones, tienen poca fuerza moral para convencer a los más de tres mil millones de personas que viven en países en desarrollo, y aspiran a mayores niveles de consumo, de que reduzcan sus emisiones contaminantes. Sin embargo, en los últimos dos años se ha producido un cambio en China e India, que suman casi dos mil millones y medio de habitantes, integrándose en la tendencia a producir de forma más eficiente, descubriendo aspectos positivos y prácticos de una nueva forma de producción.

Tuve ocasión de comentarle al profesor Stern mi propia experiencia de la crisis financiera, en la que las burbujas eran evidentes y se podía anticipar un resultado dramático, pero nadie se atrevía a tomar medidas; el riesgo se intuía, pero su coste no era tan definido como el de reducir el crecimiento. Además, se encontraban justificaciones y argumentos para pensar que el ajuste no iba a tener grandes consecuencias. Con el cambio climático ocurre igual: habrá períodos en los que la temperatura se estabilice, señales de que las cosas no van a peor, correcciones por parte de la propia naturaleza, pero la burbuja de los gases acumulados, que continúa creciendo, está ahí, la tendencia sigue, y la propensión a partir de la situación creada no puede sino derivar en una crisis medioambiental.

La noticia es, pues, que hay una iniciativa europea y que es posible una acción similar a la del Grupo de los 20, abordando a la vez los problemas financieros y los del cambio climático. Nuestro comportamiento como consumidores responsables, como empresarios para mostrar las formas de producir más eficientemente, se sumará al de los políticos inteligentes que sean capaces de ver, de verdad, oportunidades en la crisis.

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