La esquina

Cuestiones de Estado

NO recuerdo ahora mismo ningún debate de investidura con menos tensión en las formas que el que se desarrolló ayer en el Congreso de los Diputados. No es que faltara discusión ni que hubiesen acabado súbitamente las discrepancias, sino que los contendientes se tuvieron respeto y expusieron sus posiciones sin descalificar las ajenas.

Eso que salimos ganando los ciudadanos, ahítos de crispación y bronca. Quizás las circunstancias objetivas ayudaron a Zapatero y Rajoy a mantener un debate serio y duro, pero sin descalificarse con las gruesas -y tantas veces hueras- palabras con que contentan a sus respectivas claques. Circunstancias que podemos resumir así: Zapatero ganó sin las elecciones sin holgura y Rajoy las perdió sin humillación. Hay un amplio espacio para entenderse.

El pronto presidente del Gobierno ha cambiado bastante el paso con respecto a su investidura de 2004. ¿Cuántas veces utilizó entonces la palabra España y cuántas ahora? Hagan la prueba. Ayer no se refirió a la España plural, sino a la España diversa, un concepto perfectamente asumible por su contrincante. Pero lo más sustancial de su discurso fue la apelación a los consensos sobre los asuntos de Estado. No una apelación genérica y voluntarista, sino muy concreta, dirigida de manera personal al propio Mariano Rajoy. Que se disponga a pactar prioritariamente con el PP cuestiones de la importancia de la lucha antiterrorista, la política exterior, la Justicia y la financiación de las autonomías parece decir mucho sobre un Zapatero distinto y, en algún sentido, distante del que ganó hace cuatro años.

En cuanto al líder del primer partido de la oposición, reconozcamos que su principal problema en estos momentos es seguir siéndolo, es decir, que los suyos no le muevan la silla, y él cree que para mantenerse y gozar de posibilidades en su tercer intento de llegar a la Moncloa tiene que renovar su organización y moderar su forma de hacer política. De ahí viene su mano tendida, su alejamiento de la crispación y su admisión sin dudas de la legitimidad de la victoria socialista. No hubo lugar para aquella retahila de la traición a España, el maltrato a las víctimas del terrorismo, la liquidación de la familia, el adoctrinamiento totalitario de Educación para la Ciudadanía...

Que Zapatero y Rajoy coincidan en que Rajoy no es la derecha extrema, cavernícola e intratable ni Zapatero la izquierda progre, vacía y bobalicona, respectivamente, es una buena noticia, creo yo. Ambos tienen una visión de España distinta, y en algunas cosas contrapuesta, pero la tienen, y hay un amplio espacio común que ahora están en condiciones de desarrollar. No sin contratiempos, zancadillas y contradicciones, pero pueden y deben intentarlo.

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