la ciudad y los días

Carlos Colón

"Dale un beso a mi papá"

NI los Quintero al llamarla la que alivia toda pena y la que cura con sus manos toda herida; ni Juan Miguel al pintarla como luz y gracia de Sevilla; ni Romero Murube al verla como la sonrisa de nuestra alma; ni Rodríguez Buzón al gritarle su "reinas habrá…"; ni Juan Sierra pensándola cuando quería en vino blanco, en romero y en la cal de una fachada; ni Caro Romero y su moza de San Gil que dicen que por abril cumple diecinueve años; ni Fernández Bañuls consumido bajo su túnica de ruán por el ansia de estar con Ella; ni Antonio Burgos al escribir, anteayer mismo, que besar sus manos es besar la Luz y la Gracia; ni las saetas antiguas que desde los balcones pecadores de Las Siete Puertas y Las Maravillas le cantaban, al desembocar de la Correduría, "ya está aquí la luz del día y la estrella de la mañana", "ramito de mejorana, vara de nardo y clavel"… Nadie ha expresado mejor quién es la Esperanza que un niño o una niña al que la vida hirió demasiado pronto; y, tras pasar por el besamanos, escribió en el libro de firmas de la Hermandad: "Dale un beso a mi papá".

Todos los hermanos lo saben, porque esta sencilla y rotunda profesión de fe está reproducida en las páginas del anuario Esperanza Nuestra, en la malla que trenzan los devotos con los hilos de oro de sus gracias y peticiones a la Virgen. Pero lo deben saber todos. Para que nadie se engañe o se deje engañar. Que hay a quienes los árboles del superficial, tópico y tantas veces impostado macarenismo no les dejan ver el sereno y profundo bosque de la Esperanza.

Sabía ese niño o esa niña lo que hace la Esperanza con los besos que se le dan estos días: llevarlos a quienes viven ante su real presencia. Sabía, sin haber leído a San Agustín, que "aquellos que nos han dejado no están ausentes, sino invisibles; tienen sus ojos, llenos de gloria, fijos en los nuestros, llenos de lágrimas". Sabía que esos ojos llenos de gloria con los que los bienaventurados nos miran son los ojos de la Esperanza, ventanas de la eternidad, balcones a los que se asoman los muertos para decirnos que viven y anunciarnos la Gloria que nos aguarda; y esa es la alegría que milagrosamente contagia la Esperanza. Sabía que esas manos son las mensajeras que les llevan los besos que los suyos les dan. Sabía, sin haber leído los versos de Quevedo, lo que la Macarena dice con su cara: "Vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos". Y como lo sabía, le pidió a la Virgen de la Esperanza: "Dale un beso a mi papá".

De esto va la cosa en la Macarena, que nadie se equivoque: de besos que traspasan las puertas de la muerte.

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