la tribuna

Gumersindo Ruiz

Davos en tiempos de austeridad

HOY se sigue mejor el debate sobre la economía y sociedad global por los medios de comunicación que estando presente en el Foro Económico Mundial de Davos. Sin embargo, algo añade estar aquí, aunque sea sólo el calor de las discusiones en medio del paisaje completamente nevado, y comprobar que esta reunión anual sigue atrayendo a políticos, empresarios, financieros, periodistas e intelectuales, quizás como ningún otro acontecimiento de este tipo en el mundo.

A las puertas del centro de congresos hay protestas sobre la desigualdad económica, con referencias al 1% y 99%, esto es, cómo el 1% de la población se reparte un porcentaje elevado no sólo en lo que se refiere a la renta y riqueza, sino al consumo de alimentos o energía. Hay quien dice que Davos empezó no el miércoles, día oficial de inauguración, sino el martes, cuando el candidato a la presidencia de Estados Unidos Mitt Rommey declaró que su tipo impositivo era del 14% para una renta de varios millones. Este debate, que se abre en Estados Unidos con la idea de aumentar la presión fiscal sobre las rentas más altas, lo vamos a vivir también en España, pues las medidas recientes del Gobierno dejan la sensación de que afectan más a las clases medias empobrecidas que a los que realmente disponen de recursos que les permiten ver con toda tranquilidad el futuro.

Es la primera vez que el llamado riesgo de desigualdad aparece en las discusiones de Davos. Las cinco categorías del informe Riesgo Global 2012, en su séptima edición, recoge riesgos económicos, medioambientales, geopolíticos, tecnológicos y sociales. Pero entre estos últimos sólo se consideran variables demográficas, escasez de alimentos, de agua, proteccionismos nacionalistas y criminalidad, pero no relacionadas con la distribución de la renta y la riqueza. Por ejemplo, los movimientos de democratización del norte de África tienen un componente político de conseguir libertades formales, pero en el fondo subyace, y así está apareciendo en Davos, la esperanza de construir sociedades donde se cree bienestar y se reparta.

El otro gran tema este año es Europa y el euro, y aquí es donde está este año el foco de Davos. La presencia de empresarios, financieros y políticos europeos, que ofrecen propuestas y reafirman la voluntad de seguir adelante con el proyecto europeo, no oculta la percepción de que hay una gran parálisis política en Europa. Los políticos manifiestan sus firmes propósitos, como el año pasado, de evitar acontecimientos que puedan cuestionar la unidad en la zona, pero la gravedad de los problemas no se ha superado y hay un temor larvado sobre la incapacidad de pagar la deuda por parte de algunos países y la posible, aunque improbable, salida del euro de algunos de ellos, con consecuencias inimaginables para la economía mundial.

Europa se ve en Davos como la fuente de problemas de deuda, bancarios y bajo crecimiento, lo que ha sido común en los últimos tres años; pero ahora se duda también de la cohesión social por el continuo debilitamiento de la clase media, y el empeoramiento de las condiciones laborales y el paro. Las consecuencias de las medidas de austeridad, reformas laborales y fiscales, sobre todo en los países que más sufren la crisis, se ven por algunos de los llamados líderes mundiales con recelo, por la inestabilidad social que provocan y la que generan los movimientos, más o menos espontáneos, que surgen ante la crisis.

A principios de la crisis había una crítica espontánea contra los fallos del mercado, que se ha ido, poco a poco, diluyendo; el propio presidente de Francia hablaba de la necesidad de reformar el capitalismo de mercado y conseguir una mayor igualdad en el reparto de sus beneficios. Hoy, da la impresión de que cada uno vive la crisis como puede, y junto a la capacidad económica aparece también el fenómeno social del poder, o capacidad de mantener posiciones -económicas, políticas, dentro de las empresas y de las instituciones, o en la función pública-, que permiten preservar privilegios que no son únicamente fiscales, a los que nos referíamos anteriormente, pues la discusión es más compleja que la comparación entre los más ricos y los más pobres.

Una gran pancarta recuerda que detrás de los que la sostienen está el resto de los 7.000 millones de habitantes del planeta, frente a los mil y pico importantes, que se reúnen en Davos. Es un error esperar que sólo de ellos surjan soluciones eficaces; la figura del líder tiene una connotación paternalista, que quizás se tolera cuando todo va más o menos bien, pero que se cuestiona cuando, como en los momentos actuales, es evidente el fracaso del sistema económico y social para proporcionar bienestar y repartirlo justamente. De aquí la preocupación de algunos de los que acuden a Davos, para que no se convierta en unos grandes almacenes de la palabrería, y sea un foro de ideas que converjan en propuestas reales.

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