El poliedro

Davos no vende bálsamo de Fierabrás

No hay mal que por bien no venga, y la conmoción económica global nos devuelve aquello de "los valores".

EL enfriamiento, si no llega al grado de congelación, puede tener efectos positivos. Lo mismo para una gripe que para un repentino colapso tras una desmesurada fase de crecimiento sin fundamento: la economía financiera –sin base física o productiva en sentido clásico– perdió su papel de soporte de la actividad real, se independizó de forma metastásica y llegó a ser diez veces superior a la economía real “globalizada”. En esa vacua e irreal hinchazón hubo lugar para tempranillos y cantos de sirena, que acabaron dejando pelados a muchos poco pudientes, y heridos a muchos grandes patrimonios que mordieron el anzuelo de la exclusividad, cuya caña manejaba Madoff  u otro gestor de aquello que se llamó “banca privada”. Ciertas cosas, a pesar de los pesares, vuelven a su amor. Dejamos atrás la era de los doctorados honoris causa para estafadores con gemelos de diamante y colmillo  acerado, o la hipervaloración pública del enriquecimiento rápido, y empezamos a hablar sobre asuntos como la “refundación del modelo económico”, o como la necesidad de replantearse la forma de hacer negocios. Y de valores, esa palabra que fue condenada al ostracismo por rancia y gagá. En la mayoría de los casos, la rueda estaba inventada, y se trata de volver a hacer las cosas con decencia y sentido común. Porque las varitas mágicas, desafortunadamente, están sin pilas.

Esta semana he recibido de una compañera una síntesis del reciente encuentro de la intelligentsia planetaria en Davos. Davos no es un club de ricos y poderosos, como nos quieren hacer ver los reventadores de este tipo de cumbres (por cierto, Davos es un pueblecito suizo entre cumbres montañosas, un refugio contra los profesionales transhumantes del pasamontañas y el cóctel molotov). En Davos, además de los malos de la película –que los hay–, se congregan también las mejores neuronas de la cada vez más pequeña Tierra. Y las soluciones que emanan de esas cabecitas son, a qué negarlo, pocas y consabidas. A pesar de lo que afirma Michele Boldrin en la entrevista de Fede Durán de hoy –“conocer las causas del problema es conocer sus soluciones”–, pienso más bien que las recomendaciones de Davos, como veremos, responden más a aquello que decía un amigo del autodestructivo Sebastian Flyte en Retorno a Brideshead: “Entenderlo todo es perdonarlo todo”. Debemos entenderlo todo, y podremos así perdonarlo –si eso sirve de algo–, pero, en cualquier caso, hay enfermedades que no tienen solución. Se impone la refundación.

El paisaje después de la batalla que dibujan desde Davos es que esta primera crisis global destruirá 50 millones de puestos de trabajo, drenará casi la mitad de la riqueza mundial, y supone ya un severo parón en el comercio internacional y un colapso del sistema bancario, así como un mazazo en la confianza de todos los agentes económicos. A esto último no ayudan cierto tipo de actitudes que denotan la calaña de no pocas de las estrellas estrelladas, como sir Fred Goodwin, ex jefe máximo del Royal Bank of Scotland –entidad salvada con fondos del Estado británico– quien dice que no piensa devolver “ni un un penique” de la pensión de 800.000 euros al año que le pagan los contribuyentes. Un premio por haber conseguido mandar a la basura a una gloria bancaria nacional. Probablemente deberá abandonar la isla... no sin su botín.

A pesar de que, según Davos, la travesía del desierto se alargará por el hecho de que los consumidores ahorrarán y no consumirán, los bancos atesorarán capital y no prestarán y los Estados atesorarán reservas y no invertirán, y a pesar de que el proteccionismo crecerá al ritmo del tam-tam,  el surgimiento de un Nuevo Orden Económico reforzará el multilateralismo, nos traerá “mejores valores” y –eso dicen– supondrá un “revival verde”. No hablan de solución, sino de supervivencia. Para ello, prescriben: rediseñe su estrategia, concéntrese en sus áreas más seguras a medio plazo, no planee vender nada a británicos y estadounidenses, piénseselo mucho antes de aumentar su deuda, así como obviedades del tipo “controle sus costes”. No hay purga de Benito ni bálsamo de Fierabrás que valgan.

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