RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

Debate o puro teatro

EL drama subterráneo de debate, de pronto ya visible y asumido, es que esta noche no habrá debate. Los candidatos irán hacia el plató, trajeados como siempre, en esa mezcla anodina entre el falsete risueño muy a lo Cine de barrio, tratando de impostar una simpatía artificial, de pasta roma, y los hombres grises, implacables y anodinos de Michael Ende en Momo, venidos a secuestrar el don de la palabra, a usurpar la coherencia de un diálogo hecho con las briznas del ingenio con dos textos medidos, articulados previamente, que se irán vertiendo como un chorro, un goteo constante en la espesura del debate fingido. El debate, como tal, sólo es la carcasa de otra cosa. Si el debate de esta noche se rige por los mismos parámetros que el de hace una semana, asistiremos a algo, quizá a un mitin conjunto, pero desde luego no a un debate ni a nada parecido, remotamente, a un debate. No se ha comentado demasiado, en estos siete días, la verdadera impresión que dio el debate, quizá porque no convenía ni a las propias fuerzas cercanas a los dos candidatos ni a los analistas en cuestión, porque todos formamos parte, como dijo Michael Corleone al senador corrupto en su mansión de Nevada, de una misma hipocresía. Todos formamos parte de esta hipocresía, entonces, porque en caso contrario no se entiende que no haya sucedido casi una revuelta popular ante la pantomima de debate, ante su fraude interior, que ahora ya también es exterior, con esos pactos previos que han dejado el verdadero diálogo, esa confrontación del cara a cara, dinámica preguntas y respuestas, en el terreno meramente utópico, porque nada tan opuesto a la dinámica de preguntas y respuestas como el carnaval del lunes, carnaval obtuso y aburrido, sin gracia y con tristeza ciudadana.

Debate o puro teatro, lo cierto es que cualquier espectador de la cita del pasado lunes estará conforme en una cosa: que los candidatos, al hablar, nunca parecieron escucharse, que cada uno de ellos iba dejando caer los lastres del discurso como fardos administrados al milímetro, y no como respuestas, reflexiones, a lo dicho quizá por la otra parte. El único momento del encuentro, por no llamarlo debate, en el que pareció que se escuchaban y que estaban hablándose realmente fue cuando uno de los candidatos acusó al otro de agredir a las víctimas del terrorismo, y fue entonces cuando éste, sintiéndose aludido en esa carne rota de las víctimas, contestó que no aceptaba esa acusación, que no la admitiría. Por un momento, se rompieron las reglas del guión y se pecó de exceso de civismo, porque una acusación de ese calibre era acreedora ya del bofetón eficaz y dialéctico. Salvo la excepción citada, los candidatos no se respondieron y nunca hubo debate, sino un burdo recitado del libreto.

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