el periscopio

León / Lasa

Demografía y pensiones

Ha terminado la edad de oro del sistema alumbrado tras la Segunda Guerra Mundial en circunstancias excepcionales

CON cierta frecuencia leo en los medios noticias que se refieren a los retos o problemas que se suscitan en un país, el nuestro, que envejece, que se hace mayor, en el que nacen pocos niños y los viejetes viven cada vez más. Esos artículos, muy a menudo, proponen favorecer una política familiar que incentive el tener hijos o abogan por flexibilizar las estrategias migratorias para que nuevos inmigrantes se incorporen al mercado laboral y ayuden, con sus cotizaciones, a sostener un castillo (el de las pensiones) que se derrumba de a poco. Como quiera que suelen estar firmados por sociólogos o demógrafos de prestigio, uno no puede sino reconocer su ignorancia al no entender muchas de las premisas de los mismos. Ante esas alarmas por el envejecimiento de la población española, o, sencillamente, por el descenso de la misma, echo una ojeada a las cifras de desempleados que arrojan las encuestas -más de seis millones-y me pregunto: ¿para qué más niños?, o, ¿de verdad se necesitan más población inmigrante? Esto es, si no somos capaces de proporcionar un puesto de trabajo a quienes ya están aquí, en este nuestro mundo, ¿es tan necesario incentivar nuevas incorporaciones vía nacimientos o inmigración? No estoy seguro: o mejor dicho, creo que no.

Un reciente artículo publicado por un importante diario de ámbito nacional (Los retos de un país envejecido) se hacía eco de algunas de estas cuestiones en un tono ciertamente alarmista. Indicaba que en los próximos años la población española tenderá a disminuir; que el saldo neto de nacimientos menos fallecimientos y emigración será muy pronto negativo; y que de continuar esta tendencia se avecinan para todos nosotros complicaciones de enjundia. Discrepo de tal tesis, aunque sí es cierto que en algo se pone de acuerdo casi todo el mundo: tal y como está concebido, el sistema de pensiones es insostenible. Pero la solución no está desde luego en procurar cohortes de población cada vez más anchas que aseguren siempre una figura de pirámide ya que, de aceptarse, España debería tender al aumento de población permanente, hasta el infinito y más allá. La salida al galimatías actual estriba en reconocer que, para mantener una ratio verosímil cotizantes-pensionistas (la clave de todo el meollo), no es necesaria más población, sino mucho más empleo, y, también, más años de trabajo efectivo que se adecuen al aumento de expectativa de vida; y admitir además, aunque nos pese, que la diferencia entre nuestro último sueldo y nuestra primera pensión no hará sino aumentar con el paso del tiempo. No es atractivo, pero es lo que hay. La edad de oro del sistema de bienestar alumbrado con el final de la Segunda Guerra Mundial, en unas circunstancias excepcionales, ha terminado.

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