UN vecino de Fuente Palmera se ha encerrado en la Delegación de Medio Ambiente de Córdoba para protestar por las actividades de una vaquería sin licencia ubicada al lado de su casa. El vaquerizo es tenaz en su ilegalidad, ya que mantiene el negocio en funcionamiento desde hace dieciocho años, a pesar de los requerimientos de cierre decretados por el Ayuntamiento local y por la propia Delegación.

Pero si el ganadero desahogado es persistente, su víctima ha acabado siendo original en la protesta. Cansado, en efecto, de dar vueltas por las instancias oficiales y cumplimentar todos los trámites de rigor, y sumido, con su familia, en una situación de autoconfesada impotencia, acompañó su encierro con la entrega de ciertos materiales a las autoridades concernidas. ¿Qué materiales? Pues los que el teletipo de agencia llama con asepsia profesional bostas y que nosotros traducimos al lenguaje de la vulgaridad: mierda, excrementos, boñigas. Caca de vaca. De las vacas que tiene el vecino en su establo y de cuya leche vive y hace malvivir al protestante. La misma materia excrementicia las ha metido, en bolsas, en Agricultura, Salud y Gobernación, así como en la Diputación Provincial.

Espero que no cunda el ejemplo, para preservar la valiosa salud y no perturbar la delicada pituitaria de tantas autoridades, pero el caso resulta paradigmático de la desesperación de muchos ciudadanos ante la inhibición de los incontables organismos públicos creados con sus impuestos para, en teoría, hacerles la vida más grata o, como mínimo, soportable. Se va cumpliendo, además, una regla insospechada: mientras más organismos nacen, más indefensos parecen sus destinatarios.

Podría liarse una buena si, a la estela del vecino de Fuente Palmera, la gente corriente reprodujera ante el domicilio de su alcalde los ruidos que padece cada noche alrededor de sus casas en las zonas de movida, trasladase hasta las concejalías de Seguridad a los tironeros y gamberros que le amargan la existencia cotidiana en sus barriadas, excavara ante las puertas del Ayuntamiento unos baches idénticos a los que tardan años en arreglarle en sus calles o se llevara de la plaza mayor un semáforo mucho menos necesario que el que echa de menos en la suya, tras meses y años de pedirlo de todas las maneras posibles, y así sucesivamente.

Probablemente serían medidas más resonantes que eficaces y, desde luego, más irrespetuosas que legales, pero, quién sabe, quizás es lo único que queda cuando se ha perdido la paciencia y aún se intenta que los gobernantes vean el mundo y la vida desde fuera del despacho acondicionado y el coche oficial.

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