Visto y oído

Antonio Sempere

Descreído

CADA vez soy más descreído. Es cuestión de tiempo. A otros, les sucede lo contrario. Cuanto más viven, más necesitan aferrarse a algo.

Algunas muertes no naturales son muy elocuentes sobre el fracaso de la condición humana. Esta semana encontraron a David Carradine muerto en la habitación de un hotel de Bangkok. Ahorcado. Con una cuerda de nylon atada al cuello y a los genitales. Fuese suicidio o, como eufemísticamente lo llaman algunos medios cautelosos, accidente sexual, convendrán conmigo que se trata de un fracaso. Del fracaso de un símbolo. De alguien que tuvo la posibilidad de ser guía y faro espiritual para muchos. De acuerdo que se encontró en el camino un personaje bombón en Kung Fu en 1972. Pero no es menos cierto que a partir de entonces se permitió publicar libros de autoayuda sobre la sabiduría oriental. Todo ello para ser encontrado muerto ahorcado en el baño de un hotel.

Dicen que Carradine son nuestros recuerdos en blanco y negro. La serie Kung Fu fue rodada en un color excelso, y aunque en nuestro país se pasó los sábados noche descolorida, más tarde tuvimos la ocasión de verla con sus tonos amarillos y ocres con los que fue creada. Todo aquello, queda claro, era mentira. Ni siquiera sirvió para salvar a su protagonista.

La decepción me ha remitido a aquel otro día de canícula en el que me enteré de que el padre Roger, fundador de la comunidad de Taizé, había sido degollado en plena ceremonia de oración, delante de varios miles de jóvenes. Toda una vida predicando la no violencia para que, a las puertas de sus noventa años, su hábito blanco blanquísimo se tiñera de su propia sangre. No olvidaré aquel Telediario de las 3. Tampoco a Carradine, a quien nunca creí.

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