La tribuna

José M. Aguilar Cuenca

Desolación

Escribo estas líneas desde la más absoluta desolación. Aún las Fuerzas de Seguridad no han encontrado el cuerpo de Marta del Castillo, pero me da lo mismo. No pienso dejar que ninguna otra emoción me adormezca o empañe lo que debo de sentir. Ni la rabia, ni el deseo de venganza que, entendiéndolo, no puedo permitir que me embargue. No, porque nada de eso va a traer a esa niña de vuelta a las calles de Sevilla, a los brazos de sus padres y a los pasillos de su Instituto, de donde nunca debió faltar.

Hace años me hice una pregunta: ¿Cuánto vale una vida humana? A contestarla dediqué dos años de mi vida y, como fruto de ello, en unas semanas saldrá a la luz un libro que escandalizará a unos y confundirá a otros. Si nos quedamos con lo que estamos contemplando estos días la respuesta es sencilla: poco, casi nada. Y no porque sea así, sino porque es fácil acabar con ella. Muy pocos seres en este mundo tienen la capacidad de crear algo donde antes no había nada; sin embargo, todos somos potencialmente capaces de destruir.

Del mismo modo que la vida, multitud de hechos humanos han visto devaluado, cuando no borrado, su valor en nuestros días: el respeto a la libertad del otro, la responsabilidad individual, la excelencia, el debate, el sacrificio o el esfuerzo son algunos. ¿Qué hubiera pasado si el presunto asesino de esta joven - o de cualquier otro ser humano- se hubiera inclinado por el respeto a la opinión de su víctima, no hubiera dejado de lado la responsabilidad en sus acciones o se hubiera decantado por el esfuerzo, en vez de dejarse llevar por la frustración?

Ese muchacho no es diferente de mis sobrinos, de mi amiga o su vecino. Sin embargo, no todos actúan del mismo modo. A la mayoría los frenos morales, los valores éticos educados desde pequeños hacen que nos giremos sobre nuestros talones y demos la espalda a ese al que quisiéramos embestir. Sin embargo, existen muchos, desafortunadamente hoy más que en otras décadas, libres de unas bridas invisibles que sólo se logran cuando han sido educadas.

La violencia acompaña al hombre desde que este tiene memoria. Las épocas de esplendor de nuestra historia se han distinguido por alcances éticos que nos han hecho romper la linealidad y dar saltos. Como todos sabemos, siendo enanos a hombros de gigantes, ahora más que nunca podemos ver mucho más allá que ellos, no por ser mejores, sino porque somos levantados por su gran altura. Sabemos que nuestra sociedad fracasa en valores, en educar a hombres y mujeres libres. Entonces, en vez de pedir penas más duras, o la instauración de la cadena perpetua, como hacen muchos ¿por qué no comenzamos mañana a cambiar todo? Si la Psicología ha comprendido que la resiliencia -es decir, la capacidad de los individuos para sobreponerse a los contratiempos vitales o al dolor emocional extremo- es fundamental para afrontar los embates de la vida, ¿por qué no está en el currículo escolar? Si la educación sentimental es una asignatura por la que vamos a transcurrir todos, en todas sus formas y en cada una de nuestras edades, ¿por qué no consume ni un solo minuto de nuestra formación?

De qué le va a servir a esa niña o a sus padres ahora hablar de ojo por ojo, de aumentar las penas, de retomar la cadena perpetua. Si todo eso fuera solución hace muchos años que habría bajado, al menos, el número de asesinatos allí donde se contempla. Nos hemos hecho diferentes de otros países y otras épocas por nuestra educación. En ella se encuentra todo, fortalezas pero también debilidades.

Hechos como el presunto asesinato de esa niña nos recuerdan nuestra fragilidad. ¿Cuánto vale una vida humana? Lo que nosotros decidamos. Ni más, ni menos. Es la voluntad lo que hace que se incline todo en uno u otro sentido. La misma voluntad que nos hace alcanzar metas que como sociedad nos llena de orgullo.

Pido perdón a la familia por mi responsabilidad y prometo hacer todo lo posible desde hoy mismo por cambiar esto. Me encargaré de los más cercanos. Seguiré escribiendo e investigando sobre la conducta humana. Esa es mi tarea. ¿Qué va a hacer usted?

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