Jesús Pérez Saturnino /

'Dignae, decorae ac pulchrae'

El cierre de la capilla mayor ha permitido disfrutar de la intimidad del coro.

EL Cabildo de la Catedral Hispalense ha anunciado en estos días la próxima conclusión de la restauración del retablo de la Capilla Mayor de la Catedral, cuyo resultado podremos admirar tras el desmontaje de los andamios, Deo volente, antes de las Fiestas del Corpus.

La realización de estos trabajos en el presbiterio dio lugar, al impedir la utilización de la Capilla Mayor durante algo más de dos años, a que para la diaria celebración capitular del Oficio y de la Misa, el altar, el ambón y la sede se instalasen cara al pueblo en el espacio del Coro más cercano a su reja. La imagen de la titular de la Catedral, Santa María de la Sede, fue instalada adecuadamente ante la sede episcopal del Coro, donde resplandece dado el contraste de la plata con el color oscuro de la madera de la sillería. Los bancos de los fieles, en el crucero fueron vueltos, dando la espalda al presbiterio temporalmente inhabilitado y cara al Coro capitular.

Esta provisional reordenación de las celebraciones litúrgicas ha producido (no hablamos de las celebraciones más solemnes en el llamado Altar del Jubileo, sino de las de los días ordinarios) un inesperado efecto positivo en el espacio celebrativo de estos dos años, que pronto dejará de poder ser disfrutado: dentro del enorme continente que es la Catedral y sin necesidad de separación física, la disposición que unifica el coro y el crucero ha dotado de intimidad a las celebraciones y de una cercanía de todos los que en ellas participan. Los fieles y los canónigos se ven entre sí. El altar y el ambón y lo que ellos se hace o se dice se encuentran en primer plano. Es como si hubiese una iglesia menor, sin muros, en el centro de la gran iglesia Catedral. El techo es el de siempre, las altas bóvedas, pero que parecen bajar cuando descienden sobre la asamblea los sones del órgano.

Intimidad y cercanía a las que se suma el evidente empeño del Cabildo de acrecentar la dignidad en la realización del culto, con mejora notable del ars celebrandi por parte de los canónigos (que los hay que se preparan concienzudamente para cantar en latín y en gregoriano, para conocer el sentido de los ritos y los gestos y realizarlos con dignidad y convicción) por la preparación de las homilías, por la correcta proclamación de las lecturas, (aunque para ello se suplanten el ministerio laical del lector y el del diácono, al menos de lunes a sábados) del canto, de la música, del ministerio de los acólitos y por el cuidado de "que las cosas destinadas al culto sagrado fueran en verdad dignas, decorosas y bellas, signos y símbolos de las realidades celestiales". (Concilio Vaticano II, Constitución sobre la sagrada Liturgia, 122)

Con todo ello, participar durante esta etapa provisional en el Oficio y la Misa de lunes a sábados en la Catedral de Sevilla, ha supuesto encontrar un espacio de serenidad, de oración, de concentración espontánea en el misterio dignamente celebrado, en una atmósfera en la que se alían en perfecta conjunción todas las bellas artes que contiene la Catedral con la voluntad de "proveer coro y altar" de unos canónigos, unidos a los fieles que, al igual que los vencejos que, llamados por la música del órgano al interior de la Catedral, alaban con sus gritos a su Creador, han sido llevados por la Providencia a estas gratificantes celebraciones.

Ya quedan pocos días.

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