El cine ha muerto

hyde

Dragones contra publicistas

TEMPORADA alta, altísima, en la televisión. Aunque se nos ha ido la excelente cuarta entrega de Justified, que se consolida como una de las grandes, con esos tiroteos de balas y frases, con unos diálogos más afilados que la katana de un samurái, su marcha se ha visto compensada con dos estrenos dominicales que simbolizan el pulso entre la HBO y la AMC por el la corona televisiva. Compiten dos maravillas literarias: Juego de Tronos, la bastante fiel adaptación a la exitosa saga fantástica de George R.R. Martin, y Mad Men, posiblemente la serie más influyente desde Los Soprano.

¿Pueden tener algo en común los dragones de Daenerys y las golfadas del astuto Tyrion con las tribulaciones y ligues de Don Draper y Roger Sterling en Madison Avenue? Si la primera procede de unos más que decentes libros, la segunda es, en si misma, un novelón contemporáneo. Su creador, Matt Weiner, es en realidad un novelista audiovisual. Mad Men constituye una delicia, una exquisitez, una serie gourmet, de cine-fórum. No sólo se disfruta viéndola, sino comentándola. Y sin duda resulta la mejor, absolutamente imbatible, con los subtextos. En Mad Men lo importante es lo que no se dice, lo que se calla, lo que se intuye. No es de extrañar, pues, que la primera entrega doble comience con un Don callado, pensativo, al que casi le cuesta hablar. Si el año pasado dejamos a este personaje icónico en la barra de un bar, de vuelta al viejo Don, tras un extraño año de enamoramiento y fidelidad, la sexta temporada promete un Don con las contradicciones, dudas y problemas de siempre, un Roger Sterling que por primera vez emociona al hacerse añicos su armadura de cinismo con una simple caja de madera, y una Peggy Olson cada vez más ambiciosa, cada vez más versión femenina de Draper.

Y hace bien Weiner en humanizar un poco a Betty, tan insufrible en los años anteriores. Nos contaba hace algo más de un año el creador y guionista principal de Mad Men, que ni siquiera él sabe de qué exactamente va la historia. Pero que sí se cuida mucho de reflejar la evolución de la sociedad norteamericana en aquellos años turbulentos. Y tanto que ocurre así en The doorway. Se trata, posiblemente, del mejor primer episodio de temporada de la serie, a la que siempre le cuesta un poco arrancar para situar la trama y luego ir in crescendo.

Si todo sigue como siempre, este año será apoteósico. Y eso que todavía no ha empezado Breaking Bad.

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