El tránsito

Eduardo Jordá

'Dramatis personae'

ES posible que gobernar un país se haya convertido en una simple variante del arte dramático. Gobernar siempre tuvo un alto componente teatral o incluso cinematográfico, pero un gobernante de hace cincuenta años, en cualquier país de Europa, tenía mucho más poder que un gobernante actual. Ahora es el mercado -una especie de dios iracundo que a veces exige cruentos sacrificios humanos- quien lo dirige todo, con la ayuda desinteresada de los bancos y de las grandes corporaciones industriales. Y además, en España, muchas decisiones políticas se toman en la Unión Europea, mientras que otras dependen de las comunidades autónomas, donde el Estado no pinta nada. Es cierto que un presidente de Gobierno tiene poder para emprender reformas o para embarcarse en amplios proyectos de futuro. Lo que pasa es que las reformas necesarias -en Sanidad, en Educación, en Medio Ambiente, en Justicia- son demasiado costosas o impopulares, así que no parece que nadie esté dispuesto a emprenderlas. Por lo tanto, la mayor preocupación de un presidente de Gobierno actual no es gobernar, sino aparentar que gobierna.

Y que conste que es una tarea ardua, ésa de aparentar que se gobierna un país. Hay que hacer declaraciones continuas, viajar de un lado a otro, saludar a mucha gente y lanzar vagas y estruendosas frases sobre la prosperidad y la democracia. Es cierto que los presidentes de Gobierno -igual que muchos presidentes autonómicos- nombran cargos públicos y controlan a su partido, cosa a veces más arriesgada que arbitrar un partido de fútbol americano en el patio de una cárcel. Pero estas tareas no suelen distraerlos demasiado de su tarea fundamental, que consiste en dedicar una actividad frenética a la no menos frenética tarea de no hacer nada.

Más allá de las cuestiones de decorado y casting -los nombramientos, los cargos, las recompensas y los castigos a los díscolos-, no hay mucho que hacer. Bueno, sí, hay una gran cantidad de información privilegiada que interesa a cierta gente (banqueros, empresarios, constructores), y esa información puede administrarse o no, según convenga. Y hay inversiones públicas y subvenciones y subsidios, con los que uno se gana la gratitud del pueblo, o incluso su amor, a la manera de aquellos reyes antiguos que hacían arrojar monedas de oro desde su carruaje el día de su boda. Pero ahí termina todo. Un presidente del Gobierno no puede hacer nada con los precios del petróleo, ni con las hipotecas, ni con las tarifas eléctricas o el precio del pan y los tomates. Por mucho que quiera, no puede abaratarlos ni cambiarlos.

O sea que lo mejor es aparentar que se hacen muchas cosas y que todo va bien. Y sonreír, sonreír mucho, pase lo que pase.

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