La tribuna

Manuel Ruiz Zamora

Educación y teología

EL problema de España ha sido siempre la teología. Somos un pueblo al que tradicionalmente se le ha enseñado a creer, no a pensar. Nuestra izquierda y nuestra derecha son estructuras esencialmente teológicas y sus adeptos, fieles fervorosos que se sienten en posesión de una verdad que no admite matices. Quien comulga fuera del credo establecido es un hereje, quien no comulga es directamente un infiel. En la actualidad esta tendencia se presenta un tanto amortiguada por la molicie recién adquirida, pero es difícil predecir qué ocurrirá cuando las cosas empeoren. La teología, por más que quiera pensarse como un dominio de la razón, conduce inexorablemente al ámbito de la fe. Desdeña, por tanto, el conocimiento, que no sólo resulta inútil para alcanzar el único conocimiento verdadero, que es el de Dios, sino que pone en entredicho las verdades reveladas por la fe. El secular atraso de España en materia de educación se ha debido, más que a cualquier otra cosa, a esta circunstancia. Nos han enseñado a creer que el conocimiento es siempre algo inquietante, prescindible o fastidioso. Hemos sido siempre dogmáticos, fundamentalistas, estúpidamente convencidos de atesorar nosotros solos toda la verdad. Los resultados del último informe PISA no hacen sino corroborar que seguimos siendo víctimas de los mismos miasmas que en el pasado.

Blair llegó al poder proponiendo una gran revolución en el esclerotizado sistema educativo del Reino Unido. La educación ha ocupado un lugar de primer rango en el debate electoral de los últimos comicios franceses, y Sarkozy le debe en parte su triunfo a las valientes propuestas que formuló para recuperar una educación de calidad, universal y laica que desechara sin complejos todo ese lastre sensentayochista cuyas consecuencias se han demostrado catastróficas. Cualquier Estado que quiera ocupar un puesto relevante en el emergente mundo globalizado no puede dar la espalda a este asunto sin comprometer seriamente su futuro. ¿Qué proponen al respecto los principales partidos españoles? ¿Escucharemos en la campaña electoral alguna propuesta que vaya un poco más allá de vagas generalidades? ¿Se atreverá alguien a proponer un gran pacto de Estado por la educación y a convertirlo en uno de los ejes principales de su campaña? En España, a la mala calidad de la enseñanza se añade su diversidad autonómica, lo que incide aún más en la fragmentación comunicativa del conjunto de la nación. Pero no son sólo los políticos, reflejos al fin y al cabo de la ciudadanía, los que manifiestan una olímpica indiferencia hacia este asunto. En las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas la educación ni siquiera aparece entre las preocupaciones principales de los españoles, lo que permitirá aducir al demagogo de turno que ello se debe precisamente a que gozamos de un sistema educativo que no tiene nada que envidiar al de ningún país del mundo. ¿Cómo va a arreglase un problema que no es percibido como tal ni por los políticos ni por sus electores?

Los datos, sin embargo, son aterradores, particularmente en Andalucía. Estamos por debajo de todos los indicadores en tasa de escolarización de 16 a 22 años, en acceso a la Enseñanza Secundaria, en acceso a la educación superior, en tasa de población que se gradúa. El nivel de formación de la población joven está a casi diez puntos de la media española, por no compararnos con una Finlandia que se sitúa a astronómicos años luz de nosotros. En índices de abandono escolar, sin embargo, somos netamente superiores. Las consecuencias de estos datos saltan a la vista de todo aquel que no esté dispuesto a cerrar los ojos y posea el mínimo grado de formación imprescindible para apreciar las diferencias. Se perciben en las pautas de conducta, en las formas broncas de las relaciones sociales, en la aspereza innecesaria que se va apoderando de la vida cotidiana, en el desprecio más bien generalizado por todo lo que no tenga que ver con lo estrictamente mío.

La alternativa a la falta de formación es la barbarie, la imposición, el totalitarismo. Quien no ha sido enseñado a aportar razones, suele, cuando puede, imponer hechos consumados. Quien no ha sido enseñado a pensar, suele creer ciegamente. ¿Cómo organizar la convivencia en un ámbito con esa clase de ciudadanos? ¿Es posible la política en una realidad cada vez más dominada por el imperio de lo impolítico? Nuestra larga historia de golpes de Estado ha sido también consecuencia de esta endémica deficiencia. Por eso la educación es el primer deber de una democracia. Es nuestra única posibilidad de salvarnos, no sólo a nosotros mismos, sino también de nosotros mismos.

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