Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Embustes

LO que ha hecho ese tipo, Wyoming, inventar una noticia sobre sí mismo para engañar a la cadena de televisión Intereconomía; y lo que ha hecho Intereconomía, tragar complacidamente el anzuelo de Wyoming con la intención de machacarlo, no es un caso extravagante ni único sino que forma parte de un tendencia general a deformar la realidad, a inventar contextos a la carta para satisfacer las demandas particulares. Uno engaña y el otro se deja engañar para perpetrar su venganza. No verifica la noticia, no por una omisión deontológica, sino para que la verdad no le arruine el placer de la dentellada.

Miremos alrededor. Cada fracción exige, como si fuera un privilegio adquirido, una mentira propia, identitaria, que sostenga todo su aparato, y paga por ella lo que sea menester, incluido el sacrificio del crédito y, por supuesto, de la realidad. Cada vez circulan más mentiras, no porque haya más cínicos y embusteros, sino porque hay más demandantes de certezas a medida, de medias verdades. ¡Todo el mundo lleva razón en la medida de sus posibilidades!

Wyoming se inventó una película en la que fingía ser un maltratador de becarias para demostrar la escasa veracidad de una cadena de televisión derechista. Es decir, ideó una mentira para engañar. Y la cadena de televisión aceptó el señuelo para difamar a su enemigo: no hurgó en el cuento para no desacreditarlo. Dice el presidente de la asociación de periodistas madrileños, Fernando González Urbaneja, con una inocencia que enternece, que la broma de Wyoming desacredita a la prensa, es decir, que mancilla a los medios de comunicación en cuanto difusores de la verdad. ¡El honor perdido de Katahrina Blum!

Pero no nos ensañemos con la prensa, qué va. Antiguamente a los periodistas se nos relacionaba con el embuste, como si uno de nuestros privilegios corporativos fuera el de mentir (o distorsionar o manipular) libremente y nadie más que los periodistas ejerciéramos el arte de embrollar. Pero no es verdad. ¡Otra cosa que hemos perdido! Una de las labores más arduas, y que consumen más tiempo en una redacción, consiste en desechar presiones y en identificar, entre los cientos de comunicados que llegan a diario con la pretensión de ser publicados, los falsos, los interesados, los manipuladores, los propagandistas... El periodista, como dice un amigo mío, es como un portero dedicado permanentemente a despejar penaltis.

Cada grupo de interés (o de presión) trata de colar sus goles con el ánimo de acumular testimonios que prueben la verdad de su auténtico embuste. Y en esas estamos.

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