ME habían comentado que el nuevo consejero de Vivienda y Ordenación del Territorio, Juan Espadas, era un político ambicioso. "No creía que se le notara tanto", pensé cuando, en la toma de posesión colectiva, le escuché prometer que guardaría el secreto sobre las deliberaciones "del Consejo de Ministros". Se saltó un destacado escalón en su carrera política, aunque fuera por un lapsus.

Pero a Espada no le afecta un fenómeno que sí está perjudicando a numerosos cuadros socialistas, según me hizo ver otro de los asistentes al acto, que tampoco es que respirara por la herida: son militantes del PSOE, hombres y de edad mediana, cuya trayectoria en cargos públicos se ve taponada por delante y por detrás. A ver si me explico. Los más veteranos del socialismo (Chaves, Griñán, Zarrías) se encuentran ya en la cúspide del poder y con pocas ganas de retirarse mientras que los más jóvenes, y las más jóvenes, empiezan a acceder a la misma. Y la generación intermedia se queda en tierra de nadie. Podrían decir lo que Shirley MacLaine en cierta película: "soy demasiado joven para ser vieja y demasiado vieja para ser joven". Viven políticamente emparedados.

La causa fundamental de esta frustración hay que buscarla en la transición española. A la salida de la noche oscura del franquismo hubo que improvisar una clase política. Lógicamente, se reclutó entre gente muy joven que suplió con energía, entrega y ambición su natural inexperiencia. A la edad en que los políticos más avezados de los países de nuestro entorno eran aún alcaldes y concejales de sus pueblos los nuestros tuvieron ya que ser ministros, presidentes de comunidades y aun presidentes de gobierno. Que se hayan resistido décadas después a ceder el primer plano a otros correligionarios entra dentro de la lógica. Al madurar le cogieron gusto.

El problema es que esos correligionarios que esperaban su turno con variable ansiedad han sido claramente adelantados por nuevas generaciones debido al encumbramiento de valores más acordes con la sociedad actual. Ser joven y ser mujer cotizan al alza en la bolsa de la política, y escribirlo aquí no es crítica, sino constatación de la evidencia. Por supuesto, la militancia beneficiada por estas tendencias dominantes no pide la vez para subir en el escalafón, ni tiene por qué pedirla. Aprovecha su oportunidad, y listo, entre otras cosas porque es muy difícil que los seres humanos seamos capaces de aceptar que nuestras limitaciones y defectos nos impiden afrontar según qué retos. Eso, en general. En el ámbito específico de la política, pocos conozco que reconozcan que no ha llegado aún su hora de estar arriba y dejen paso a un querido camarada. Ni siquiera a un emparedado.

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