coge el dinero y corre

Fede / Durán

Entrevista de trabajo

IMAGINEMOS el desarrollo de una entrevista de trabajo hoy. El candidato acudiría a la cita considerándola no un hecho cotidiano de un país acomodado en la primera división económica mundial sino una especie de milagro sin precedentes. Es una débil posición de partida. Supongamos, asimismo, que ese aspirante reúne las condiciones requeridas para desempeñar eficaz y hasta brillantemente su cometido. Será entonces cuando el señor de recursos humanos, o el empresario mismo, detalle la oferta: "Comprenderá usted -comenzaría- que la crisis nos impide retribuirle como quisiéramos. La empresa asume un esfuerzo gigantesco contratándole. Son tiempos de austeridad". Traducción: probablemente el atribulado aspirante cobre la mitad de lo que se despachaba en tiempos de arcoíris y hormonas de crecimiento.

"También debería entender, obviamente, que el esfuerzo exigido será superior al habitual en tanto en cuanto la situación no mejore". Traducción: no importa lo que digan el contrato o el convenio colectivo, la hora extra será tan común como las ratas junto a un contenedor de basura. "No me gustaría zanjar esta conversación -remataría el cribador- sin advertirle que quizás, excepcionalmente, se le pida que desempeñe tareas ajenas a su competencia profesional". Traducción: vamos a exprimirte, vas a ser un empleado-orquesta, nunca te atreverás a negarte aunque la misión asignada te suene a chino.

Pasemos a la siguiente viñeta. Nuestro protagonista camina hacia casa para despejar la mente. Sabe que tiene el sí en el bolsillo ("su perfil es óptimo, díganos algo a la mayor brevedad"), que ha causado una impresión de campeón, pero en el fondo duda, duda con toda su alma: nadie en su sano juicio aceptaría semejante pliego leonino. Varios conceptos llueven sobre su caja cerebral: abuso, vergüenza, precariedad, chapuza. Con cada paso, sin embargo, la lluvia decae y cede el protagonismo a una leve brecha de racionalidad o de instinto de supervivencia o de resignación. Los argumentos son contundentes: hay una lista interminable de pretendientes y las colas del antiguo INEM crecen en toda España (ya se atisban los 6 millones de parados). Puede que sea incluso peor. Puede que el candidato haya agotado su prestación por desempleo y de paso sus ahorros. Puede que esté pagando una hipoteca o la letra de un coche o aquella tele de cincuenta pulgadas y 3D con la que quiso darse un capricho para ver en todo su esplendor The Wire o Breaking Bad. Puede que su familia sea una de ésas en las que todos están en paro. Puede que su futuro ridículo sueldo sea el único desfibrilador disponible.

Cuando abre la puerta y besa a su pareja, zarandea a su bebé y acaricia a su gato, ya sabe que debe descolgar el teléfono y aceptar el puesto. Espera un día, tal vez dos, y en la víspera sueña que la vida le da una segunda oportunidad, que satisface a sus acreedores, que ahorra para el futuro del niño y hasta para unas vacaciones en la playa. Un mes después recibe su primera nómina y hace sus primeras cuentas, que por supuesto no cuadran. Pobre libre antes, esclavo pobre ahora.

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