Plaza nueva

Luis Carlos Peris

Una España de boina y carbón

CAMINABA el mundo hacia una aldea global que mejoraría la forma de relacionarse entre los pobladores del planeta Tierra. No tenía por qué acabar con lo autóctono, pero se llegó a temer por que así ocurriese, porque se uniformase todo de tal manera que se perdiesen las raíces y, sobre todo, las peculiaridades de cada zona del mundo. Había gente inquieta por lo de la globalización y los primeros que clamaban contra ella eran los antídoto, los que lo mismo están contra el sistema que frente a los que estén contra ese mismo sistema, los protestantes de nacimiento aunque no tengan que ser seguidores de las doctrinas luteranas. Pero del intento de globalización hemos pasado a un movimiento aldeano que nos lleva, incluso, a buscarle una competencia al mismísimo Papá Noel.

Lo tenemos ya entre nosotros, pues si los vascos se han sacado de unos arcanos imaginarios a Olentzero, los gallegos han adoptado a un Papá Noel que habla el idioma de Rosalía y que no quiere saber nada de lo que pase al sur del Miño ni al este de los montes de Cebreros. Y este Papá Noel de campanario se llama El Apalpador y su nombre le viene por una costumbre que consiste en palpar el vientre de los niños para comprobar si habían comido lo suficiente y, por ende, si el año venidero sería de hambre o de hartura. El Apalpador gallego, como el Olentzero de los vascos, son inventos de ayer de mañana y con más aire revanchista que cultural. Dicen que Apalpador es una canción de cuatro estrofas que cantaba en portugués una anciana de Lugo. Ni en Lugo se habló jamás portugués ni nadie sabía de la existencia de esos apalpadores que vienen a bajarle la caña a Papa Noel para no ser menos que otros nacionalistas.

De la aldea global se pasa a política de campanario como un pendulazo más de los muchos que hemos vivido. Pero es que en ese rapto de originalidad que quieren lucir los nacionalistas de toda laya brilla el mimetismo. El nuevo icono navideño de los gallegos se parece una barbaridad al de los vascos. Ambos lucen boina, los dos fuman en pipa y se dedican a lo mismo, al noble y viejo oficio de carbonero. Sin duda para justificar ese saco que llega repleto de regalos o colmado de carbón. Nada más evidente para confirmar que de la aldea global que uniformaría modos y formas pasamos a una ola de paletismo que podría, incluso, recuperar el landismo en el cine. Sin duda alguna, la Xunta ya tiene otro destino más para sus generosas subvenciones, que no todo puede irse en tunear coches o imponer el idioma de Castelao. Dicen que El Apalpador data de tiempo precristiano, pero hasta hace dos años nadie sabía de su existencia. Lo dicho, de la globalización a lo cateto y tiro porque me toca.

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