La Noria

Carlos Mármol

Espías en las caracolas

NO es una novela de Hammet ni, maldita sea, de Chandler. Le falta el encanto, la estética y los buenos diálogos. La cosa más bien parece un soliloquio, como un relato menor de Le Carré. Y va de espías. Sólo que en vez de ocurrir en el contexto de la guerra fría -las relaciones laborales son más bien conflictos en caliente- esta vez pasa en las caracolas de la Gerencia de Urbanismo, donde el nuevo poder local -Zoido- había situado sus propios informadores un año antes de llegar a la Alcaldía. No es el único caso: basta ver la nómina de las empresas municipales y cotejarla con la anterior para adivinar cuál era el círculo dorado del PP en la oposición.  Una cofradía de altos cargos respetados por los socialistas -IU se cuidaba de los perfiles abiertos; es una organización cerrada- que iban pasando información -relevante- al enemigo. Hay quien lo considerará una imperdonable traición. Otros dirán que, en realidad, se trata de un servicio a la patria. Probablemente ambas cosas. En la guerra los héroes y los traidores no se diferencian demasiado. Depende de si el bando en el que se ubiquen es el que al final triunfa.

La historia del topo del PP en Urbanismo es además polisémica. Ilustra sobre el singular sentido de la lealtad de Sevilla y demuestra que la fidelidad es un concepto mudable. Casi aéreo. Otros, que también lo intentaron (hubo quien recorrió la vía dolorosa cuando quedó claro que Monteseirín estaba muerto a pesar de no saberlo), asumieron el coste de la traición pensando que bastaba con cambiar de familia, pero no se salvaron. El PP de Zoido, que siempre dibuja una imagen de sí mismo demasiado beatífica (la Biblia, la Navidad, la bondad infinita), por fin parece haber entendido a Max Weber: "Los cristianos primitivos sabían que son los demonios los que gobiernan el mundo y, si haces política, lo bueno no siempre produce el bien y lo malo el mal, sino que suele ocurrir a la inversa".

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