Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Estatura

EL paró subió, la Bolsa descendió a los infiernos y la estatura de los andaluces ha encogido. Sí, andaluz, mon semblable, mon frère, eres más pequeño: como el crecimiento económico, la disponibilidad en metálico y el mismísimo Íbex. Desde hace cinco años, ya no ganas porte. Tus huesos fémures, como diría César Vallejo, se han vuelto tardos, holgazanes. Algo misterioso ha puesto fin a los años de prosperidad de la osamenta, de los músculos y los tendones. O por decirlo con la terminología de la oposición, los tiempos de la Andalucía imparable han dado la talla.

Según un estudio de Fundación Gaspar Casal y de la compañía farmacéutica Sanofi-Aventis, nos hemos encallado en los 165 centímetros y las expectativas no son halagüeñas, qué va. Lo más probable es que continuemos a la baja, que humillemos unos milímetros la cerviz o la barbilla. ¿Hasta tocar el suelo con la nariz? Hombre, no hay que exagerar, pero sí parece que quedaremos a menos distancia del centro de la Tierra. Ya no vale siquiera que Zapatero nos repita que "sin Zetas no hay paraíso"...

Dado que el político es un depredador omnívoro, no me extrañaría que a lo largo de la precampaña mordiera a los gobiernos también a costa de la disminución de talla. Todo, en el fondo, tiene una explicación política. La que dan los estudiosos de la estatura también. Resulta que la corpulencia media andaluza se ha retraído porque los talladores ha medido también a los inmigrantes que conviven con nosotros, en particular a los más bajitos, a los ecuatorianos, los colombianos y los lituanos. Y el resultado es que el andaluz promedio, es decir, el andaluz rigurosamente democrático (tan democrático como objetivamente inexistente), el que comparte con el otro incluso sus centímetros, de algún modo se ha fruncido, como si fuera menos un hombre que un corte de paño. Un verdadero encogimiento solidario.

La explicación no difiere mucho de la que subyace en otros fenómenos sociales que han causado una honda preocupación. Por ejemplo, el descenso de los promedios de aprovechamiento de la educación obligatoria. Errores y carencias aparte (que son muchos), el derecho universal a la educación ha incorporado también a sus encuestas a los inmigrantes y ha mantenido a los desfavorecidos y les ha puesto un tutor a los discapacitados. También la encuesta de empleo ha hecho algo similar, aunque ahora, con el retroceso de la actividad en el sector de la construcción han sido los primeros en engrosar el balance contrario, el del paro, que hoy tanto nos duele.

Por fortuna el andaluz medio no existe. Es una abstracción que encoge y fracasa. Para desesperación de los insolidarios.

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