En tránsito

Eduardo Jordá

Familias

EMPECÉ el año dando un paseo con mi hijo. El día era frío y desapacible, pero en cierta forma resultó muy instructivo. Frente a los juzgados vimos a un grupo de hombres que esperaban noticias de algún familiar que había festejado el nuevo año metiéndose en líos. Más adelante nos encontramos con una pareja de turistas franceses y su hijo de unos veinte años. Me preguntaron cómo se iba a la catedral, se lo dije y se fueron deprisa, como si fuera su último día en la ciudad y quisieran aprovecharlo. Cuando estaban a unos diez pasos, la mujer se colgó del brazo del hombre. Dios sabe las cosas que habían vivido juntos, la tensión, los largos silencios, los gritos, las humillaciones, los agravios acumulados durante años y años, pero en aquel instante todo había quedado anulado por aquel gesto de amor.

En mi juventud estaba de moda despreciar a las familias. Si hubiera un lema que pudiera resumir lo que pensábamos, era aquella frase de André Gide: "Familias, os odio". Supongo que teníamos muchas cosas que reprocharles a nuestros padres, pero no nos dábamos cuenta de que podíamos despotricar contra las familias porque habíamos tenido una, por lo general una familia grande y mal avenida (como todas), con sus secretos y sus rencores y sus afrentas, pero también con sus momentos de armonía y de afecto compartido que quizá justificasen toda una vida. Yo no puedo olvidar a mi abuelo llevándome de la mano por la calle, ni a mi tío dejándome pintar con una infinita paciencia la puerta de un garaje que él sabía muy bien que tendría que pintar de nuevo.

Pero nada de eso me permite compartir la inquietud por la familia que dicen sentir los señores obispos. Tuve la suerte de tener una familia grande, con abuelos y tíos y muchos hermanos, pero nací en un mundo -la España de los años 50- que se parecía mucho al siglo XIX. Hoy en día nada de eso es posible. La publicidad y la televisión y los magazines dominicales se alían para lanzar mensajes dirigidos contra la vida aburrida de los pobres diablos que pierden su tiempo llevando a sus hijos al colegio en vez de conducir Ferraris con Adrien Brody o de rodar películas con Scarlett Johansson. Pero aun así hay madres y padres (separados, solteros, sin pareja, casados o del mismo sexo) que se preocupan de sus hijos y los cogen de la mano y trabajan como burros para llegar a fin de mes. No digo que sean todos. Digo que todavía hay algunos que lo hacen. Y los señores obispos, más que quejarse como solteronas histéricas a las que les acaban de robar el bolso, harían bien en rezar por esos pocos hombres y mujeres que todavía se preocupan de darles afecto a sus hijos, al mismo tiempo que les enseñan que hay cosas que están bien y otras que no lo están.

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