La ciudad y los días

Carlos Colón

Fantasmas en el supermercado

FANTASMAS johnbarryanos. Y sevillanos. El día que murió John Barry volvía de San Diego en el 16 pensando en mis cosas, que ese día eran las suyas, las nuestras, oyendo su Petulia en el MP3. Cuando paró en la plaza Jerónimo de Córdoba entré en el supermercado que está junto a la parada. Pasaban las ocho. Noche. Luces de neón cayendo sobre las ordenadas estanterías del supermercado casi vacío. Cansancio y tristeza. Recuerdos… De la primera película que vi con música de Barry, Operación Trueno, en el Trajano, el verano del 66. De los cines donde vi las que más me emocionaron: el Rialto de Petulia, el Palacio Central de Monte Walsh, el Cervantes de La mujer maldita y La jauría humana, el Trajano de The Knack, el Bécquer de Cowboy de medianoche, el Alcázar de Follow me, el Cristina de Cotton Club… De los discos, rarísimos de encontrarse en España, que buscaba en los viajes de mochila y kilométrico en las tiendas de segunda mano del Soho londinense, el Viale Giulio Cesare y la Via Fratina de Roma, los Fnac parisinos… Y de los momentos, tantos, tantos años, vividos oyéndolos con todas las personas a las que he querido y quiero... Del concierto al que nunca le pudimos traer porque cuando Isabel Pozuelo, José María Mellado y yo empezamos con los Encuentros de Música de Cine no había dinero para su altísimo caché; cuando lo hubo, él enfermó y estuvo dos años retirado; y cuando por fin, gracias al aporte de la Expo, preparamos con el mismo John Barry el programa del concierto que yo soñaba, el público agradecería y él se merecía -Barry revisando su carrera al frente de la Royal Philharmonic como parte del programa de la inauguración del Teatro de la Maestranza-, terminados los ensayos en Londres, pocos días antes del concierto, un accidente mortal durante el ensayo de una ópera obligó a cerrar el Maestranza y todo hubo de suspenderse… Recuerdos, decía, bajo las luces de neón del supermercado vacío en un gélido anochecer de enero, mientras oía Petulia en el MP3. De pronto caí: ese supermercado había sido el cine Rialto en el que vi Petulia otro enero, el de 1969. Donde están las cajas estaban las taquillas; donde están los estantes, las butacas; y allí, donde pone Recova y Charcutería, estaba la pantalla en la que Julie Christie susurraba el nombre de George C. Scott antes de que la máscara de oxígeno le tapara el rostro, Richard Lester fundiera a negro y John Barry nos estrujara el alma. Estaba, sí, en el vientre eviscerado de lo que fue el cine Rialto. Miré alrededor. No cabía duda: John Barry había muerto. Y nosotros un poco, también.

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