Plaza nueva

Luis Carlos Peris

La Feria, ya es Feria otra vez

CUANDO esta noche, justo cuando pisemos la finísima línea que separa el lunes del martes será Feria de Abril, Feria de Abril de Sevilla, casi nada al aparato, Feria de Sevilla para lo que guste mandar. Tela lo que influyó la Feria en la imagen de marca de esta Sevilla nuestra. Aparte de ser la puerta de las Indias Occidentales y aduana por donde se enriquecía el Imperio, con el paso del tiempo iba a ser dicha Feria la mejor embajadora de Sevilla en el mundo, mucho más que la Semana Santa. Y no se olvide que la Semana Santa es la fiesta preferida de cualquier sevillano que se precie de serlo, pero que muy por encima de aquel invento de dos foráneos como el catalán Narciso Bonaplata y el vasco José María de Ybarra allá por 1846, hace una eternidad, una barbaridad de tiempo para que la fiesta fuese evolucionando para mejorar o empeorar según las circunstancias.

Y es que la Feria, esa fiesta que empieza esta medianoche con el encendido de un alumbrado sin igual, fue a más con el paso de los años hasta tocar techo en las postrimerías de su estancia en el lugar de toda la vida, el Prado de San Sebastián. Harta la fiesta de ser anfitriona de personajes como Orson Welles, Grace de Mónaco, Jacqueline Kennedy, Rainiero, Ernest Hemingway o Soraya, todo fue tendiendo a una vulgarización tan inapelable como dolorosa. Tremenda vulgaridad en la que se fue cayendo a fuer de ir primando la cantidad sobre la calidad, el encanto por encima del todo vale y de que la caseta de uno fuese la casa de todos. Y la verdad es que no se podía ir contra esa corriente tan natural, tan lógica en unos momentos en que se tendía a la globalización en general y, por supuesto, a la de la Feria en particular.

Por ahí se fueron perdiendo las señas de identidad de una fiesta como no hubo otra en Occidente. Era la mayor concentración de personas con el índice menor de conflictividad, tanto bajo la dictadura de Franco como en democracia, igual en la República que en la Monarquía Parlamentaria que vivimos. Hoy arranca una vez más aquel invento de un vasco y de un catalán que fue arraigando hasta hacerse universal. Esta noche se le da al mágico conmutador que alumbra a esa ciudad efímera de lona, bombillas y farolillos que es la Feria de Sevilla. Es, además, la Feria más temprana que vivimos en nuestra ya larga vida. Quizá sea el pero mayor para ella, ya que bien pudo esperarse una semana más para que la Feria estuviese en consonancia con el tiempo en que vio la primera luz. La mejor noticia que trae esta Feria de 2008 es que no se atisba la amenaza aquella de una nueva mudanza. La Feria, que no se parece ya mucho a lo que fue, no iba a conocerla ni la madre que la parió con otro exilio. Bienvenida sea la Feria, ya es Feria otra vez.

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