PASA LA VIDA

Firmar sin mirar, hablar sin pensar y gobernar sin saber

LA exculpación judicial del ex concejal José Antonio García en el escándalo cierto de las facturas falsas y duplicadas en el distrito Macarena (tan cierto como que siguen adelante las imputaciones contra otro socialista, José Marín, que estaba en la estructura orgánica del distrito) alegra a todos los que consideran a García como una persona honrada a la que embaucaron. Pero gobernar es también saber cómo se hacen las cosas en tu departamento, al que uno accede por derivación de la legitimidad del voto. La confianza para dejarse gobernar, y que en su nombre manejen los dineros de todos, se otorga en función de presuponerle una capacitación a los candidatos. Imaginen en su barrio un referéndum con esta pregunta: ¿votaría a un político que le dice que estampa su firma en los documentos oficiales sin mirarlos? Sin duda, menguarían las adhesiones inquebrantables.

Para apoyar la honorabilidad de García era posible utilizar muchos argumentos y vivencias. Pero Celis, como concejal de Presidencia, y para más inri también de Hacienda, lo ha respaldado diciendo que firmó las facturas falsas "sin mirar, como hacemos todos a diario, incluido yo". Si esa declaración la hace el dirigente de una empresa que cotiza en bolsa, al minuto siguiente sus acciones caerían en picado, y en 24 horas los miembros del consejo de administración le señalan el camino de salida.

Hay cosas que no pueden comentarse con tanta ligereza. Pero es lo propio de un modo de hacer política que va a más en la cúspide de las organizaciones políticas españolas. No es lo mismo pasarse el día de aquí para allá dirigiendo las operaciones a golpe de teléfono móvil, que gobernar a partir de la reflexión y el análisis concienzudo. Se tiende a hablar sin pensar, improvisando continuamente y al loro de cogerle las vueltas a las declaraciones del oponente. Cuando se pronuncian discursos, siempre tienen la firma de otros, los negros que se los escriben. Y se abusa de tomar decisiones sin saber calcular sus consecuencias. Al final, se acaba gobernando de oídas, y todos lo vemos y sufrimos a diario.

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