La ciudad y los días

carlos / colón

Ella Fitzgerald, 20 años después

EL pasado miércoles se cumplieron 20 años de la muerte de Ella Fitzgerald. "Estoy lista para irme ahora" dijo poco antes de morir. Tenía 79 años y desde hacía diez padecía graves problemas de salud a causa del corazón y la diabetes. Le habían cortado las dos piernas, estaba casi ciega y pasaba largas temporadas hospitalizada. Hasta que se cansó y pidió el alta voluntaria para regresar a su casa. Quien ame su voz a la vez cálida y poderosa, ligera cuando quiere y honda cuando le da la gana, pura y desnudamente jazzística cuando canta con piano o trío y tan acariciante cuando interpreta los songbooks (repertorio de canciones) de Porter, Gershwin o Rogers & Hart suntuosamente orquestados por Nelson Riddle, comprenderá muy bien por qué, cuando llegó a su casa de Beverly Hills para morirse en paz tras tantos sufrimientos, lo único que pidió a su hijo Ray y a su nieta Alice fue que cada día la sacaran al jardín: "Sólo quiero oler el aire, escuchar los pájaros y oír la risa de Alice". Así era Ella. Así es oírla. Como cerrar los ojos bajo la sombra de un árbol sintiendo la caricia de su voz.

Se canta como se es. Ella luchó duramente para que la felicidad triunfara sobre la tristeza, la elegancia sobre la vulgaridad, la suave melancolía sobre el desgarro, la belleza sobre la fealdad y la vida sobre todo lo que la degrada, profana y destruye.

La obra de la otra reina del jazz, la gran y desdichada Billie Holiday, está marcada por su durísima infancia y juventud. Su grandeza reside en su capacidad para convertir el dolor en música, como si su voz fuera una herida abierta. La grandeza de Ella, por el contrario, reside en su capacidad para superar unas circunstancias igualmente duras: madre lavandera, abandono paterno cuando tenía dos años, infancia miserable, muerte de la madre cuando tenía 14 años, caída en manos de proxenetas, reclusión en un reformatorio del que escapó para sobrevivir cantando por las calles en las que durmió más de una noche... Hasta que el 21 de noviembre de 1934 se presentó a un concurso de aficionados en el teatro Apolo de Harlem y fue contratada como vocalista de la orquesta de Chick Webb. Desde entonces su vida es historia del jazz. Y de nuestra felicidad. Porque gracias a su genio y su capacidad para sobreponerse al dolor nos ha dejado un tesoro de felicidad, emoción, inteligencia y elegancia. Su discografía es un botiquín de primeros auxilios emocionales.

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