la tribuna

Javier Arenas Bocanegra

Fraga: un reformista para la Historia

LA talla personal y política de Manuel Fraga, la intensidad y duración de su actividad pública, tiene muchos perfiles: el de español sin adjetivos, el del hombre de Estado, el de lúcido constitucionalista, el de figura clave de la reconciliación nacional, el del fundador del hoy primer partido de España (Partido Popular), el del reformismo tranquilo o el de galleguista sin complejos nacionalistas. No me dejo en el tintero otras facetas de su poliédrica personalidad, como su aportación al despertar del turismo español, con los Paradores Nacionales, ni su buena mano con el dominó, del que alguna vez fui víctima.

Pero yo hoy, como andaluz y como presidente del PP andaluz, quiero resaltar tres rasgos muy identificativos de su hoja de servicios: su incansable ánimo reformista, su generosa aportación a la reconciliación de los españoles y su galleguismo, que él armonizó a la perfección con su pasión por España.

Fraga apostó por las reformas siempre. Los españoles optarían también y, con éxito, por el reformismo como la mejor vía para retornar a la democracia. Su lúcida participación en la elaboración de nuestra Constitución, alumbrada por el consenso de todos los partidos, culminó el proceso de concordia entre contrarios.

Aquella gesta colectiva de nuestra Constitución tuvo, en un gesto particular de Fraga, presentar en una conferencia a Santiago Carrillo, entonces máximo dirigente del comunismo español, la prueba de que la reconciliación de los españoles había llegado: sólo había que impulsarla. La gesta necesitaba un gesto y él dio un paso adelante definitivo.

La apuesta de Fraga por el reformismo acabaría por convertir el proyecto político que él fundó en lo que hoy es el Partido Popular: una organización moderna, de claro perfil centrista y mayoritaria hoy entre los españoles.

Clave fue para ese proyecto, el X Congreso del PP, el segundo con la denominación de Partido Popular, celebrado en Sevilla, y que puso fin a la etapa de refundación impulsado por Fraga en el anterior Congreso. La generosidad, altura de miras y visión de futuro del que a partir de entonces sería nuestro presidente-fundador, hizo posible la culminación de la modernización del centro como alternativa de éxito frente al socialismo y bajo el nuevo liderazgo de José María Aznar. Los hechos demostrarían después el acierto, hoy continuado con Mariano Rajoy, de aquel diseño.

Como presidente de Galicia, Fraga impulsó un galleguismo constitucional, un autonomismo que, lejos de reafirmarse por su diferenciación de España, constituía la mejor manera de ser español.

Del legado de Fraga me quedo, en definitiva, con su perfil reformista como hombre de Estado y como dirigente de partido, con sus gestas y sus gestos reconciliadores y con una concepción del Estado de las Autonomías que encuentra en la Constitución de todos los españoles su mayor y más fructífera garantía.

Se puede estar o no de acuerdo, desde las normales diferencias políticas y de época, con Fraga, pero es imposible no compartir los cuatro pilares de su legado: el reformismo, la reconciliación, el constitucionalismo y el autonomismo como las grandes soluciones a los desafíos históricos de España.

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