Rincones con encanto

Luis Carlis Peris

Al Gólgota por lo más empinado

Todos los días es lucida, pero en este martes es cuando la etapa más dura brilla como nunca.

ESTAMOS ante lo que bien podría ser considerado como especie de Tourmalet para la gran celebración, para la más brillante y acompasada ópera urbana jamás soñada. La Cuesta del Rosario, que abarca desde que acaba Villegas en la confluencia con Francos hasta San Isidoro, tiene la particularidad de compaginar su singularidad topográfica con lo de ser una vía de las más transitadas por las cofradías de Sevilla, como una carrera semioficial que compagina la dificultad con la brillantez, la dura penitencia con el gozo de ver cómo misterios, crucificados y palios van coronando el Gólgota por su cara más empinada.

La Cuesta del Rosario ha sido profusamente nombrada así que de ella se tienen las primeras noticias. Nuevas que datan del siglo XV y que nos llegan como Callejas de la Costanilla, lo que debió ser un dédalo intrincado donde se aposentaban comerciantes de todo tipo de ramos. Desde ese siglo hasta mediados del XIX en que recibió su nombre actual, se llamó calle de los Zapateros de nuevo y de viejo, para derivar a Remendones y Remendadores, y en el plano de Olavide de 1771 se le da a la parte más aledaña a Pescadería el nombre de Horno de los Bizcochos.

En 1755 atiende por Bodegones, sin tener necesidad de explicar por qué ese nombre. Y es que en aquel laberinto de callejas y recovecos, la abundancia de tabernas debía de ser considerable. Coincidamos en que se trata del corazón de una ciudad que, aun con las limitaciones lógicas de aquel tiempo, nunca había dejado de ser tremendamente populosa y su cercanía con otro enclave mercantil como la Plaza del Pan ayudaba a que la nómina de comercios fuese la mayor seña de identidad de esta zona.

De Bodegones pasa a llamarse Callejón de San Pedro, Cruz de San Pedro, Costanilla... hasta que en 1868 toma su nombre actual, pero no será de forma definitiva. Los pendulazos políticos derivan en la Primera República y el Ayuntamiento decide en 1868 despojarla de nombre tan religioso para bautizarla como Porvenir. Ya por ese tiempo va incubándose la idea de los ensanches y esta costanilla está destinada a ser entrada al centro, Plaza Nueva, desde el este de la ciudad, una arteria que ayude la conexión que llega desde Oriente por Águilas a la Alfalfa.

Y el ensanche lo proyecta el arquitecto Antonio Arévalo en 1901 para que cristalice en el decenio que abarca desde 1910 a 1920. Un ensanche que acaba con aquel intrincado dédalo de corrales, callejas y barreduelas y del que las calles Herbolario y Huelva pueden servir de pista para una idea de cómo era la actual Cuesta del Rosario. Detalle anecdótico es que, como existe en ciudades de toponimia acentuada, hubo un tiempo en que la actual rampa tenía traza escalonada.

Con el nuevo trazado y el derribo de casitas de una planta llegaron las construcciones nobles. De ello se encargarían los más renombrados arquitectos de la época. Aníbal González, Vicente Traver y José Espiau fueron los artífices principales de un remozamiento obligado y del que se conservan muchos ejemplos. Casas de cuatro o cinco plantas que volvieron la zona como se vuelve un calcetín; los pequeños comercios dieron paso a tiendas de fuste y nuca perdió su importancia en la urdimbre comercial de Sevilla.

Pero lo que interesa en esta entrega periodística es la incidencia de esta vía en la Jerusalén efímera, en esta ciudad surcada por los nazarenos y las bellas imágenes de nuestra fiesta mayor. Y puede decirse a boca llena que Cuesta del Rosario no falta ni un solo día en el programa. Desde el domingo al próximo sábado, alguna cofradía superará la costanilla en el regreso. Alguna o varias, pues, por ejemplo, hoy serán tres los cortejos que desemboquen de Francos para emprender la dura aventura de llegar a la Plaza de la Pescadería. Primero será el grave y austero de los Javieres para que seguidamente surja el comienzo de sendas apoteosis que tendrán su meta en San Esteban y en la Calzada.

Si la primera que sube dicha cuesta es la Hermandad de la Cena para el milagro de subir a una cota aparentemente inaccesible, la última será esa hermosa Piedad de los Servitas cuando la noche del sábado ande en la penosa tarea de paliar el duro sentimiento de la nostalgia. Pero estamos en martes y en este día es, posiblemente, cuando toda el área de influencia de la Cuesta del Rosario se abarrote para que de Pescadería a la Alfalfa surja un flujo humano que convierta en sorprendente cómo tantas personas pueden coincidir en tan poco espacio, cómo la convivencia se hace casi milagrosa e incomprensible a los ojos del recién llegado.

Todo eso ocurrirá cuando el palio de la Virgen de los Desamparados se vaya por Águilas y venga  Pilatos presentando a Jesús al pueblo como si fuese un delincuente. Habrá llegado la más absoluta desmesura, impresionante el misterio de San Benito viéndolo venir con la Plaza de la Pescadería como atalaya de privilegio sobre un mar de cabezas humanas arracimadas en la cota más alta de esta Jerusalén por siete días.

Únicamente la cuesta que tomó el nombre de cierta tienda de ultramarinos con especial dedicación al bacalao admite comparación con la del Rosario, pero sólo hasta cierto punto. La que hoy toma el protagonismo es la prueba más dura de toda la fiesta por más empinada y larga, como si fuese plataforma de lanzamiento para que la vuelta a casa de tantas cofradías como por allí discurren fuese ahí un paseo. La dureza del presente suele dulcificar el futuro y ahí juega un papel fundamental la Cuesta del Rosario. 

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