El poliedro

Grandes hombres, dejen paso

España no está en el manual de la cumbre del G20, pero sí estará en las fotos, que deben acabar cuanto antes

CUANDO se empezó a investigar el fenómeno del liderazgo -es decir, de la capacidad de hacer que otros hagan cosas y, si es posible, queden contentos-, se pensaba que el líder era tal de forma innata, porque poseía en su carga genética una serie de rasgos clave. A aquellas teorías tan populares como de dudoso rigor -suele suceder- se las llamó Teorías del Gran Hombre. Resultó para los investigadores sociales inmediatamente evidente que para evaluar la capacidad de liderazgo de una persona y para orientar la forma de gestionar hay que considerar las circunstancias en que se encuentra dicha persona: lo genético, de acuerdo, pero también lo ambiental, lo adquirido, lo cultural. A los políticos les pasa tres cuartos de lo mismo: son una mezcla variable de azar y necesidad; la vida misma. Piensen en Bush, en Sarkozy, en el inefable Berlusconi: ¿no son producto de esa combinación de factores internos y externos? ¿No son las alianzas, estar en el sitio adecuado en el momento preciso, la eventual baja forma de los contrincantes o el hartazgo del electorado tan decisivos como sus capacidades de fábrica, en algunos casos difíciles de encontrar a primera vista? ¿Qué decir de la suerte? Sin embargo, vanidad de vanidades, uno suele atribuir los éxitos a uno mismo, y proyecta al exterior la causa de los fracasos. Suele convertirse poco a poco en olvidadizo y vanidoso, y es en ése momento cuando el político se siente estadista nato, comienza a levitar, a decir obviedades como si enunciara un gran principio filosófico, a moverse de forma extraña -manita incluida- y a mirar como un iluminado. Pensemos en nuestro anterior presidente, Aznar, y en el actual, Zapatero.

Recordarán a Sarkozy, beodo de vodka como una culebra siberiana, dando la cara (de borracho) ante los periodistas en una cumbre del G8, que son nueve, tras cogerse un puntazo con Putin, quien, frío como un lagarto, quizá le vendió gas a precio de uranio. O a Berlusconi tirándole los trastos a una presentadora de televisión con todas las cámaras delante, para mosqueo de la propia. O a Bush alegando homérico engollipe con galleta para justificar una brecha en la cabeza, en vez de reconocer que tuvo una mala tarde con el vaso. O a nuestro Zapatero, al que imagino haciendo como que habla con otros líderes, sin tener ni pajolera idea de inglés. ¡Foto, foto, foto! La joven esperanza blanca de la socialdemocracia y el progresismo. Grandes hombres, dejen paso. Y que entren cuanto antes los oscuros técnicos, los que saben de verdad -o deberían- sobre comercio, finanzas y leyes internacionales. Porque los grandes hombres pueden llegar a a ser un peligro: ahora mismo me entero de que Zapatero le ha dicho a Sarkozy, textualmente, "Te daré todo lo que me pidas". Esperemos que no le entregue la honra... española. De momento, les adelanto que sí le ha dado a Francia la presidencia del Eurogrupo, que nos correspondería al acceder Chequia (que no está en la Eurozona) a la presidencia de la UE. La primera factura del sillón.

La denominada cumbre financiera en el marco del G20 (en cuyo handbook, publicado por el Gobierno USA, no está España, no) tiene la obligación ineludible de lograr algún acuerdo global -ahora sí que sí debemos no usar la globalización en vano- que limite el golferío y las estafas piramidales planetarias en forma de "estructuras financieras" bola-de-nieve que, llenas de troyanos subprime, acaban emponzoñando el sistema financiero mundial. Y, a la postre, multiplicando la longitud de las colas del paro y empobreciendo a los menos avisados. La recesión, que ya lo es, tiene causas cíclicas, no sabemos en qué medida. Pero tiene causas que se pueden calificar delitos, y en gran medida. Debemos aparcar el paternalismo que nos hace sobrevalorar a individuos (Obama es un caso paradigmático de confianza extrema y encantamiento colectivo por una persona que sufrirá, como cualquiera, estreñimiento), y confiar en las segunda, tercera y cuarta línea de las delegaciones (por cierto, el viejo Solbes no estará allí). Ellos son los que deben diagnosticar y, sobre todo, prescribir. En estos momentos en los que los partidos conservadores han aprovechado el tirón para -en sólo aparente contracorriente- defender el libre mercado. Por supuesto que sí. Libre, pero tanto. ¡Que salten al campo los que saben!

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