Rafael Salgueiro

Grecia y Europa juegan a la gallina

Las negociaciones están sirviendo para la escenificación de un juego de estrategia en el que gana el más inconsciente o el que crea que su pérdida va a ser menor que la del otro

MOMENTO interesante para Europa, si lo vemos en perspectiva. Hasta ahora, en la negociación del Gobierno griego con las instituciones europeas no hemos visto más que una escenificación de un juego de estrategia, el "juego de la gallina". Dos contendientes se enfrentan directamente, sin admitir una solución de compromiso, confiando en que el otro cederá (la gallina). Este juego lo han visto en alguna película: dos coches lanzados en direcciones opuestas, confiando cada conductor en que el otro se apartará antes, y funciona si ambos tienen algo que perder. Gana el más inconsciente o el que crea que su pérdida va a ser menor que la del otro (un camión frente a un turismo, por ejemplo).

En este juego de estrategia es una táctica habitual la de anunciar las intenciones por anticipado, cosa que con inteligencia ha hecho el Gobierno griego y no por casualidad, ya que el ministro de Economía está especializado en esta rama. También es habitual que un jugador reduzca sus opciones, mostrando su disposición para llegar a la colisión, lo cual también ha hecho ese Gobierno en sus primeras semanas al manifestar un compromiso irrevocable con sus promesas electorales.

El Gobierno griego tiene consigo su ideología, basada en que la causa de la crisis de Grecia ha sido exógena a su comportamiento económico (ha sido culpa de los mercados financieros) y en que la contención del gasto público no ayuda a salir de la crisis, sino todo lo contrario. Aduce también un mandato de la ciudadanía al que tienen que responder, aunque ese mandato sea sólo consecuencia de unas promesas electorales no del todo realistas. A fin de cuentas, aunque ortodoxos, los griegos son cristianos y tienden a creer en los milagros (al igual que los keynesianos en el multiplicador del gasto público). Y además juegan con el temor del otro al qué pasaría si se rechaza mi propuesta de repudiar la deuda (o parte de ella), aligerar los límites del déficit fiscal o, en último caso, darle cuartelillo a una potencia extracomunitaria como la Federación Rusa.

Las instituciones que concurren al juego, simplificadas como la troika (CE, FMI y BCE), llevan consigo, en primer lugar la prevención del riesgo moral (los actos no tienen consecuencias debido a la importancia del actor) que se podría producir si un gobierno rechaza el programa establecido para recibir asistencia. En segundo lugar, la defensa de las instituciones establecidas, el Eurogrupo en este caso, sin admitir negociaciones o pactos fuera de ella. En tercer lugar, y no es menor asunto, el riesgo ya asumido por los países socios, en forma de préstamos directos y de avales desde 2010. En total, los préstamos de rescate recibidos desde entonces ascienden a 240.000 millones de euros, un 33% más que su PIB de 2014 (España, en concreto, ha prestado unos 6.500 millones de euros y ha avalado unos 19.500). Y tampoco es menor asunto el riesgo contraído por los bancos europeos con la deuda soberana griega que adquirieron en el pasado, siendo muy dudosa la atención de su servicio si no hay un saneamiento de las cuentas públicas helenas.

Una posible pérdida para ambos sería una eventual salida griega de la moneda única. Pero no creo que esto se vaya a producir ni que alarme a las instituciones del euro, ya que el peso griego en la economía europea es muy reducido (su PIB es sólo un 30% mayor que el de Andalucía). Pero para los tenedores de su deuda soberana, denominada en euros, sí que habría un serio problema, incluyendo al BCE, que hasta hace poco tiempo la ha aceptado como colateral o activo de respaldo a los préstamos que ha hecho a la banca griega. El problema para Grecia sería también muy serio: sus bancos no podrían acceder a la línea de liquidez excepcional que el BCE ha dispuesto para ellos, recientemente ampliada a 65.000 millones de euros. No sería fácil que su nueva moneda fuera bien aceptada en los mercados y sus exportaciones son muy insuficientes para disponer de las divisas que hacen falta para el funcionamiento normal de su economía.

También es una táctica habitual en el "juego de la gallina" la de no hacer concesiones hasta el último momento, cuando es inminente el final del periodo de negociaciones. De ahí algunas de las tácticas dilatorias que ha querido desplegar el Gobierno griego, bajo la forma de negociación de un nuevo programa dejando en suspenso el cumplimiento del actual (pero recibiendo, eso sí, la financiación prometida). Y de ahí la seriedad, no exenta de cortesía, con la que esto ha sido rechazado por las instituciones jugadoras. Y la doble señal del BCE en forma de no seguir aceptando el descuento de la deuda soberana griega (su bajísimo rating lo impediría, conforme a las normas del banco) pero a la vez ampliando la mencionada línea de liquidez.

Este juego tiene una solución clara cuando para un jugador la pérdida por retirarse ("hacer el gallina") es mucho menor que la pérdida por colisión (no alcanzar un acuerdo, en este caso). ¿Cuál sería la pérdida para el Gobierno griego? En realidad, las únicas son el incumplimiento de promesas electorales y la asunción de que son necesarias reformas muy profundas en la institucionalidad y en el funcionamiento de la economía griega, justo lo que aseguraban que ellos serían capaces de evitar. Pero por muy ideologizado que esté el Gobierno griego, que lo está, se me antoja imposible que crean de verdad que sin reformas muy profundas y sin vender unos cuantos activos públicos (que en otros países son privados) sea posible que la economía helena pueda funcionar correctamente.

Otra solución, que es a la que seguramente se llegará, será la cooperación entre los jugadores. Los pactos pueden ser un cierto relajamiento en el programa de reformas (bien de calendario o bien de contenidos), un relajamiento en el objetivo del déficit público y una prolongación de la vida de la actual deuda, pero todo ello con compromisos reafirmados. Ello se puede justificar como compasión con el pueblo sufriente por parte de la Troika y como una victoria del Gobierno griego, que no habrían logrado todo eso sin una posición de firme rechazo que era en realidad una estrategia de negociación. La izquierda, desde que se instruyó en la Granja, no tiene rival produciendo explicaciones.

Quedaría el problema, para las instituciones implicadas, de explicar por qué las reformas y la contención del gasto público no han servido de remedio en este caso. Aunque la explicación es bien fácil: las reformas no se han hecho y es difícil hablar de contención real del gasto público cuando han recibido casi PIB y medio en forma de ayuda de rescate. Además, un hecho novedoso y sorprendente vendrá en su ayuda: el Gobierno portugués acaba de anunciar que puede y quiere devolver su rescate de forma anticipada. La izquierda, en la oposición, lo ha acusado de ser insolidario con Grecia.

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