Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Hermanos

MÁS de dos mil años nos separan de las hermosas palabras que un viejo zorro del patriciado romano, Marco Tulio Cicerón, dictó en su breve y celebrado diálogo sobre la amistad, escrito al final de un itinerario tan agitado como fecundo que acabaría con su ejecución, ordenada por el implacable Antonio, y la exhibición en el Foro de la cabeza y las manos cortadas. Es tanto lo que sabemos de la vida privada y pública de la sociedad de antes del Imperio gracias a las cartas o los discursos del senador, redactados en un latín elegante que ha pasado a ser sinónimo de clasicismo, que podemos perdonarle su condición de portavoz de los intereses de la oligarquía o la escasa ejemplaridad de su comportamiento, tanto más chocante cuanto que él mismo no perdió ocasión de proponerse como guía moral -incluso en eso suena contemporáneo- frente a los fustigados vicios de sus adversarios. Al margen del contexto histórico de la República tardía o de la intención política de fondo, de los pensadores previos de los que se nutren o de los nombres ya olvidados que invocan, las reflexiones de Cicerón acerca de la amistad -como las que dedicara poco antes a la vejez, asimismo imperecederas- afirman verdades intemporales que han mantenido su vigencia a lo largo de los siglos.

No puede haber amistad, sostiene el orador, sino entre las personas de bien, vale decir sinceras, generosas, leales, que excluyen de su comportamiento la simulación o la suspicacia y desechan la perspectiva del beneficio o el mero intercambio de favores en el que se basan, en cualquier tiempo, los vínculos entre los aliados de conveniencia o los integrantes de las redes clientelares. Amistad, recuerda Cicerón, deriva de amor, una forma de relación basada igualmente en la semejanza -en la afinidad de caracteres, en la comunión de proyectos y de deseos- que se justifica por sí sola y precisa del acuerdo, la benevolencia, el afecto desinteresado. A su juicio, desde un punto de vista ético el ejercicio de la amistad es inseparable de la virtud o en su grado máximo de la sabiduría, pero no es necesario ser especialmente virtuosos -basta la conciencia de los defectos propios- ni desde luego sabios, no en el sentido que apunta a la posesión de amplios conocimientos, para cumplir con los sencillos requisitos de la fidelidad y la confianza. Los que eliminan de la vida la amistad, nos dice, es como si eliminaran el sol del universo. Hay los parientes de sangre y los libremente elegidos y entre estos últimos, nuestros semejantes, los hermanos hermanos.

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