Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Herodes era un Inocente

AHORA resulta que el único que creía en los Reyes Magos era Herodes. Creía tan firmemente en ellos que estaba convencido de que volverían sobre sus pasos para informarle de la situación exacta del niño Dios. Los Reyes Magos se la dieron con queso y en esa mágica astucia está la génesis de dos episodios fundamentales de la Historia Sagrada: la huida a Egipto y la matanza de los Santos Inocentes. Mis padres nunca me dijeron que ellos eran los Reyes Magos. No me lo dijeron por la sencilla razón de que ellos no eran los Reyes Magos. Por eso, los padres que les revelan a sus hijos esa milonga no sólo hacen añicos un misterio conservado como el agua de los ríos o la sustancia de las leyendas; además de eso les están contando una gran mentira.

Está de moda criticar el consumismo de esta prolongación metafórica del oro, el incienso y la mirra; pero no deja de ser una manifestación de ecología y de sostenibilidad, por agarrarnos a expresiones del lenguaje más empobrecedor de los últimos dos siglos. Esta festividad de la Epifanía circunscribe a un par de días, los que van de la llegada de los Reyes a la vuelta al colegio, el uso y disfrute de los juguetes. Eso le ha abonado el terreno a Papá Noel, a Santa Claus y a tantas alternativas nórdicas y sajonas a ese misterio que llevó a la Sagrada Familia a exiliarse desde Judea a Galilea. Muchos padres se quejan de que la tradición de los Reyes condena a sus hijos a una abstinencia de juguetes durante casi todas las Navidades. Lo que tiene que durar no es el juguete, sino la ilusión. Un axioma que contraviene los dictados de la inmediatez. ¡Cuántas veces nos lo decían nuestros padres! Es que vienen de muy lejos y tienen que dejar juguetes en las casas de todos los niños del mundo. Lo extraño no era que llegaran tan tarde, sino que llegaran después de tanto trasiego.

La noche del 5 y la mañana del 6 son dos de los pocos momentos del año en los que las cosas siguen siendo como siempre han sido. Cada vez que reivindico mi inocencia ante la historia de los Reyes Magos, jugándome mi gaznate ante la sed de venganza del taimado Herodes, recuerdo una formulación del científico Santiago Grisolía: el derecho a no saber. Sabrá de lo que hablo Manuel Losada Villasante, ese sabio de Carmona, Premio Príncipe de Asturias, discípulo de Severo Ochoa, al que le encomendaron el pregón de los Reyes Magos de su patria chica, la cuna del Estatuto de Andalucía que buscando Posada encontró un Parador. Los Reyes Magos, con esa parsimonia de su cabalgada devenida en Cabalgata, son unos auténticos revolucionarios en esta sociedad de la prisa. Un contrapunto en los dominios del Yo y del Ya, donde no hay misterio que se nos resista.

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