Visto y oído

Antonio / Sempere

Iguales...

DESDE hace años observo el comportamiento de los conductores del bus urbano. Desempeñan una de las labores más ingratas de cuantas se me ocurren. Ese tipo de ocupaciones que bien merecen el alivio de un día de libranza. Realizan un viaje a ninguna parte, se embarcan en un bucle eterno, soportan impertinencias, esnifan efluvios de olores corporales de pasajeros no aseados, aguantan las tropelías de los viandantes y las imprudencias de otros conductores, atascos y pitidos, tienen paciencia para acoger a los pasajeros con prole y a los usuarios de mercadillos que cargan como si se llevasen mercancía para un mes. Lo que causa en mí toda la solidaridad y afecto.

Hasta que realizo mi particular trabajo de campo, analizo sobre el terreno líneas, horarios, ciudades, tratando de conocer una gama lo más variada posible de trayectos, chóferes, usos y costumbres, y lo que me encuentro me pone los pelos de punta. En el ejercicio de su libertad, y para tratar de hacer más llevadero ese que yo juzgo como calvario cotidiano, a algunos de estos abnegados trabajadores no se les ocurre mejor antídoto que sintonizar en la radio el partido de fútbol de turno, o con el previo, siempre a todo volumen, abstrayéndose de todo y de todos. Así durante horas.

Fútbol en la radio. ¿Habrá algo más narcotizante, gritón, banal y agresivo para cualquier alma medianamente sensible? Me pregunto entonces, cada noche, en cada trayecto, qué sabrán estos señores sobre los espectáculos del CDN, con qué afán habrán intentado reservar butaca para no perderse Celebración de Pinter en el Valle-Inclán, con qué ilusión salivan al pensar en el estreno del nuevo Un tranvía llamado deseo. Y luego dicen que todos somos iguales. Y un pimiento.

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