La tribuna

Ildefonso Marqués Perales

Imaginemos un edificio con distintos pisos

CUÁL es la relación que guarda el destino social de los hijos con el origen social de sus padres? ¿Determina la posición social de los padres aquella que tendrán sus hijos o, por el contrario, la ubicación social que toman sus hijos se basa en una considerable libertad de elección? Son preguntas que toda sociedad abierta debería hacerse. Y debería de ser respondida con datos, ya que ésta es la única forma de argumentar científicamente. Realmente, poco importan las opiniones que unos y otros tengan a no ser que posean un fuerte fundamento empírico. Podemos pensar que una sociedad abierta es aquella sociedad ideal en la que los orígenes de los padres no determinan el destino de los hijos.

Tradicionalmente, los sociólogos hemos incluido este género de investigaciones en los estudios de movilidad social. Su elaboración e interpretación son difíciles, por lo que voy a emplear una, espero, que didáctica metáfora para explicar cómo van las cosas en España y Andalucía en lo que respecta a este tema.

Imaginemos un edificio con diversas plantas. Cada planta está diseñada para el desempleo de una actividad laboral. Digamos que en cada planta los padres trabajadores pueden formar a sus hijos en cualquier rama, independientemente de la labor que ellos desempeñan. Una vez que sus hijos están formados, mandan a sus hijos al ascensor del edificio. Éstos suben o bajan en función de unas fichas que les dieron en su lugar de formación. Ahora bien, sus padres, antes de mandarlos, les dan más fichas. Aquellos que viven en el último piso suelen tener más que los que viven abajo. Desde hace algunos años, incluso un hijo con pocas fichas podía subir algunas plantas. Pensemos que el portero les animaba a entrar y soltaba a diestro y siniestro fichas para que nadie se quedara muy rezagado.

Ahora, en cambio, se necesitan más fichas para subir. Muy pocos, salvo contadas excepciones, poseen fichas para subir desde el piso más bajo hasta el más alto o viceversa. Mientras que todos conseguían fichas para escalar no había ningún problema. Nadie mostraba signos de queja. Pero ahora, los del piso de abajo piensan que se les dejaban subir porque el piso estaba construyendo nuevas plantas en su parte superior. Una pregunta, en consecuencia, se hacen todos. Tras todas estas subidas y bajadas, ¿cuál es la relación que existe entre los orígenes de los padres y los destinos de sus hijos? Teniendo en cuenta que si yo subo de la primera a la tercera planta y tú de la tercera a la quinta hemos recorrido el mismo número de plantas, existe la sospecha de que todos han cambiado (en las plantas inferiores no queda casi nadie), pero que la estructura relativa del edificio es la misma.

Grosso modo, y con todas las salvedades que suponen las analogías, éste es el régimen de movilidad relativo andaluz en lo que se refiere a la segunda mitad del siglo XX. En efecto, un 65,5% de los andaluces hemos cambiado de clase social. Un 45,2% hacia arriba y sólo un 20,3% hacia abajo. Un 34,5% de los hijos se han quedado en la misma clase que sus padres.

En lo que concierne a las cifras de movilidad relativa (comparadas unas clases con otras), las cifras son similares en Andalucía con respecto a España. Pero no son idénticas. Algo nos diferencia. En España, el ciclo de reproducción de los jornaleros del campo es menor que en Andalucía. En España, los hijos de los jornaleros no toman ya la profesión de sus padres, han tomado ya empleos allende el sector primario.

Tanto en España como en Andalucía, son extremadamente reproductores la pequeña burguesía (autónomos y pequeños empleados) y los profesionales y gerentes de grandes empresas. Los extremos del espacio social siguen tan incomunicados como en España. Más incluso que Europa. Aquí nuestro perfil de movilidad es claramente diferente al de nuestros vecinos.

En lo que se refiere al tiempo, en toda la mitad del siglo veinte, ni en España, ni Andalucía -e incluso tampoco en Europa- la movilidad social relativa ha aumentado. Si exceptuamos a Suecia y a Hungría, ningún país en Europa lo ha hecho. El primero, gracias a más de treinta años de cultivo del Estado del Bienestar, y el segundo merced a una reforma agrícola radical de tipo comunista. El primero todavía nos sirve de inspiración; el segundo, en las actuales circunstancias, no.

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