La ciudad y los días

carlos / colón

'Imago doloris'

PRESIDÍA la portada de El Mundo el pasado jueves 23 la fotografía de una mujer arrodillada ante un altarcito de flores y velas que conmemoraba a las víctimas de los atentados de Bruselas. Lloraba abrazada a una adolescente y a un niño que a su vez se abrazaban a ella. La joven miraba consoladoramente a su hermanito, rodeando a su madre con los dos brazos. Esta la cogía por la cintura mientras acariciaba la cabeza del niño y la atraía hacía la suya en un universal gesto de protección y consuelo.

La casualidad quiso que ese día fuera Jueves Santo y que viera la portada del periódico camino de la plaza de San Lorenzo. Este es el Traspaso, pensé: María derrumbándose de dolor, abrazada y abrazándose a Juan y María Magdalena. Ha caído en desuso la palabra traspaso como expresión de una aflicción, angustia o pena extremas. La Real Academia la mantiene como octava acepción. Entre nosotros sólo, que yo sepa, la conserva la Hermandad del Gran Poder, que antiguamente representaba así a la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso, y aún hoy la representa en el lado izquierdo de la cartela frontal del paso del Señor: la Virgen en la calle de la Amargura, sostenida por San Juan y rota de dolor al ver a su hijo cargando con la cruz.

Si la mitología griega dio a filósofos y psicólogos los nombres de Sísifo, Edipo, Electra, Narciso, Pigmalión o Yocasta como poderosos símbolos, el cristianismo ha dado a la humanidad la iconografía decisiva del dolor, por su inagotable capacidad para representarlo, acogerlo y significarlo.

La fotografía de la portada de El Mundo como actualización del Traspaso me recordó estas palabras de André Malraux: "La fascinación primera del cristianismo no estuvo en el cielo, sino en el sufrimiento. El sufrimiento antiguo era una atroz soledad, un dolor sin finalidad y sin significación. Job en el estercolero, pero sin el Señor. Para el mendigo, el humillado, el inválido y el esclavo hubo algo más necesario que el otro mundo: escapar al absurdo y la soledad del dolor sin esperanza. La predicación cristiana en Roma fue invencible porque decía a una esclava, hija de esclavos, que veía morir en vano a su hijo esclavo, nacido en vano: Jesús, hijo de Dios, murió torturado en el Gólgota para que tú no estés sola ante esta agonía… Pocas veces se ha hablado al dolor humano la lengua que podía realmente entender". Procuremos no perder este tesoro de compasión.

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