La ciudad y los días

Carlos Colón

Impresión

MAUSOLEO sin igual, más suntuoso que el del rey de Caria en Halicarnaso; grandioso testimonio del esplendor de un culto extinguido, cuyas huellas aún estremecen por su bella y apasionada desmesura; templo cristiano convertido en un funerario Taj Mahal barroco, como si los Figueroa de Sevilla se hubieran hermanado con los discípulos del gran Sinan que alzaron el blanco mausoleo de la princesa de Agar; cripta deslumbrante pero eviscerada y descorazonada, como la vienesa Cripta de los Capuchinos en la que descansan los Habsburgo sin corazón ni entrañas, depositados los primeros en urnas de plata en la iglesia de los Agustinos y las segundas en urnas de bronce en la catedral de San Esteban; victoria final de Lutero sobre León X que reviste de severo rigor protestante, aún en su barroquismo, la fulgurante iglesia católica en cuyo órgano sonaría con más naturalidad Schütz que Correa de Arauxo; museo como no puede haber otro en el mundo, alto para que se expongan en él los suntuosos retablos, ancho para que una vez al año se puedan mostrar a los curiosos hasta cinco pasos, gran teatro con aforo suficiente como para ser a la vez escenario de cultos, conferencias, óperas wagnerianas, exposiciones y cuantas invenciones cultuales o culturales, cívicas o religiosas, sagradas o profanas dispongan sus rectores o sus pagadores; espléndida propina, digna de un jeque, que recibirán los afortunados que compren la entrada para ver el museo-templo o templo-museo, lo mismo da que da lo mismo, de la Catedral; templo barrido por la marea pragmática de los tiempos, como la catedral de Ys fue tragada por el mar según la leyenda bretona que inspiró a Debussy su Catedral sumergida.

El sábado visité el Salvador; y creí ver transparentarse en su espléndida e impecable restauración su andrógino programa de uso como museo a tiempo completo y templo a tiempo parcial. Seguro que estoy equivocado, porque lo que allí se ha hecho nada tiene que ver con abusos restauradores como los cometidos en San Bartolomé o San Vicente. Seguro que estoy equivocado, y que el mobiliario y, sobre todo, el Amor, Pasión y la Virgen del Rocío le darán la vida que le falta. Seguro que estoy equivocado, porque no puedo querer más a este templo de lo que lo quiso el recordado Juan Garrido que le dedicó sus últimos años de vida y lo quiere el cardenal; o saber más sobre él que su arquitecto restaurador y cuantas eminencias le hayan asesorado. Pero las impresiones son las impresiones; y sentí gozo en los ojos, pena en el corazón y frío en el alma mientras veía la espléndida e impecable restauración del Salvador.

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