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rafael / sánchez Saus

Investidura y mercado

LOS españoles, lo dicen las encuestas, no somos muy amigos del mercado, sus normas y consecuencias. Quién sabe, tal vez en ello haya un resabio del viejo modo hispano de allegar fortuna y poder, que para el gran Sánchez Albornoz consistía en la querencia de la lanza y en el desprecio del negocio. Sin saberlo, las huestes podemitas, en su esta vez frustrado intento de ganar los cielos al asalto están ofreciendo la versión hodierna de una de las inclinaciones más antiguas del homo hispanicus.

Se suponía, sin embargo, que nuestra civilizada, centrista y trajeada derecha no participaba de esos viejos recelos; es más, nos parecía encontrar en ella la más firme partidaria del mercado y sus leyes, duras y flexibles como acero, tenaces como grama, tan ineludibles, antes o después, como la consulta del dentista. Por eso sorprende que, una vez deducidas las consecuencias más obvias del encuentro con las urnas del pasado domingo, el PP no acabe de comprender que su victoria, tan indiscutible como insuficiente, no le permite gobernar como el señor Rajoy y su corte genovesa imaginan y les gustaría, so pena de ignorar las más elementales reglas de la economía. Es un poco sonrojante tener que explicar a tanto comentarista como en estos días nos atruena con el mensaje de que don Mariano ha de ser presidente forzoso porque su partido ha tenido más escaños que cualquier otro, que la esencia de este sistema que nos hemos dado a nosotros mismos consiste en que sólo puede serlo aquel que alcance una mayoría suficiente. Esa mayoría está establecida en 176 diputados, es decir casi cuarenta más -que es número bíblico y rotundo- de los obtenidos por el PP. Pretender, como muchos braman con creciente enfado, que eso es un pequeño detalle salvable con virtudes tan nobles y necesarias como patriotismo, responsabilidad o bondad, es un desconcertante reflejo de una mentalidad antisistema que nunca hubiéramos sospechado en nuestra derecha solvente y viajada, tan alejada de los modos de perroflautas, okupas y piqueteros. Las inconmovibles leyes del mercado nos dicen, como cualquiera sabe, que el que tiene 137 euros en el bolsillo, que no digo yo que sea poco ni nada, no puede comprarse un sillón que vale 176. Y a partir de ahí, señores míos, todo es negociable con los poseedores de esos eurillos que nos faltan. Empezando por el titular del crédito.

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